FÁBULA DE LA ALONDRA Y EL BÚHO
La Alondra es un ave de actividades
primordialmente diurnas, de cuerpo estilizado y formas suaves. Sus gráciles
movimientos la transforman en un animal de una belleza extrema.
Por el contrario, el Búho, es básicamente nocturno. Su visión,
su cuerpo atlético, su formato aerodinámico, les fueron otorgados por la
naturaleza con el objeto de maximizar sus posibilidades de cazar en la noche y
así poder sobrevivir y alimentar a sus polluelos.
Pero más allá de las descripciones,
esta es la historia de dos seres particulares. Una historia de desencuentros:
La noche iba envolviendo al bosque. El
búho con su plumaje totalmente blanco sacudía sus alas en un intento por
despertar, mientras giraba su cabeza casi ciento ochenta grados y acomodaba su
visión nocturna.
Probó sus garras en la madera del
árbol que le sirvió de refugio durante el día. Todo parecía estar en orden.
Se lanzó en picada desde lo alto y comenzó a planear sobre el bosque. Cada tanto daba un aleteo para continuar el vuelo sin gastar demasiada energía.
Tenía hambre y no había ninguna presa
a la vista.
—Espero tener suerte —pensó para sí
mismo.
Si bien no tenía polluelos para
alimentar, ya no era joven, y su instinto le indicaba que pronto debía
encontrar una compañera para formar un nido.
Atravesó un pequeño claro y descendió
hacia un arroyo. Entonces escuchó un sonido débil, casi apagado. No parecía el
ruido de un animal salvaje. Sonaba más bien como un lamento.
El búho siguió aquel murmullo hasta
descubrir una pequeña alondra atrapada entre unas ramas secas. Tenía un ala
herida y respiraba con dificultad.
La observó en silencio.
La alondra tembló al verlo. Sabía que
un búho podía convertirse en una amenaza durante la noche.
—No tengas miedo —dijo él con voz
serena—. No voy a hacerte daño.
Con cuidado apartó las ramas y ayudó al pequeño pájaro a liberarse. Luego la llevó hasta una vieja encina cuya rama más ancha quedaba protegida del viento y de los depredadores.
Durante varias noches el búho regresó
al mismo lugar. Le llevaba agua en el pico y pequeños frutos que encontraba
cerca del arroyo. La alondra apenas hablaba. El miedo todavía vivía en sus
ojos.
Con el paso de los días, la herida
comenzó a cerrar.
La alondra descubrió que aquel cazador
nocturno no se parecía a los relatos que había escuchado desde pequeña. El
búho, por su parte, quedó cautivado por la dulzura de aquella criatura que
cantaba cuando el amanecer pintaba el cielo de naranja.
Él la observaba desde las sombras
mientras el bosque despertaba.
Nunca había escuchado una voz tan
hermosa.
Y sin darse cuenta, el búho comenzó a
enamorarse.
Las noches dejaron de parecerle tan frías. Ya no volaba solo por costumbre o por hambre. Ahora deseaba regresar a aquella rama para escuchar a la alondra hablar sobre la luz del día, las flores del campo y el calor del sol, cosas que él jamás conocía por completo.
Una madrugada, la alondra extendió sus alas y descubrió que el dolor había desaparecido.
Miró el horizonte largo rato.
El búho notó algo extraño en su
silencio.
—Ya podés volar otra vez —dijo él con
tristeza.
La alondra bajó la mirada.
—Sí... debo marcharme.
Aquellas palabras atravesaron el pecho
del búho como una espina.
—Quedate —pidió con sinceridad—.
Podemos vivir aquí. Yo te voy a cuidar.
La alondra observó la rama que la
protegió durante tantos días. Después miró al búho. En sus ojos había ternura,
pero también distancia.
Sin decir nada más, abrió las alas y
se lanzó hacia el amanecer.
El búho sintió un vacío insoportable.
Batió sus alas con fuerza y salió
detrás de ella. Cruzó árboles, esquivó montañas y siguió su vuelo hasta
alcanzarla cerca de un campo iluminado por el sol naciente.
— ¡Esperá! —gritó desesperado—. Te amo.
La alondra redujo la velocidad y quedó
suspendida en el aire por un instante.
—Yo también aprendí a quererte
—confesó con tristeza—. Pero no puedo amarte como deseas.
El búho sintió que el cielo entero se
volvía oscuro.
— ¿Por qué? —preguntó.
La alondra lo miró por última vez.
—Porque vos sos un búho y yo una
alondra. Vos perteneces a la noche y yo
al día. Ninguno puede vivir en el mundo del otro sin perderse a sí mismo.
Después de aquellas palabras, retomó
el vuelo hacia la luz de la mañana.
El búho permaneció inmóvil.
Comprendió entonces que hay amores
sinceros que no logran vencer la naturaleza de las cosas.
Esa noche regresó solo al viejo árbol.
Desde la rama más alta observó el amanecer en silencio, esperando escuchar una
vez más el canto de la alondra.
Pero el bosque permaneció callado.
Moraleja:
Hay afectos profundos que nacen del alma, pero no todo amor alcanza para unir caminos que pertenecen a mundos distintos.










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