OSCAR, EL TREN…Y LO DESCONOCIDO.
Por Esteban Ferrari
Oscar, era una de esas personas que no creían en nada más
que lo que veían sus ojos, un ser completamente racional, de esos que dicen
“cuando te morís te comen los gusanos y se acabó”, de esos que descreyeron que
el hombre llegó a la luna: “propaganda norteamericana” decía. Aunque, por
cierto, hoy en día, existen teorías conspirativas, que ponen en duda el hecho,
y me hacen pensar mucho en lo que decía mi padre… si, Oscar fue mi padre.. Un
ser.., difícil, pero, siempre fue honesto y recto, fue bien auténtico en su
sentir y decir, y me enseño muchas cosas, bases éticas que hasta el día de hoy
me acompañan. Muy amigo de sus amigos,
casi siempre de buen humor, de esas personas que te levantan una fiesta por si
solas… de hecho cuando murió las fiestas de fin de año nunca volvieron a ser lo
mismo.
Por lo relatado anteriormente, se despega, que lo que pasó,
además de saberlo a través de su relato de primera mano y contado solo a un
reducido grupo de su familia (creo que le daba un poco de vergüenza admitirlo,
dado que, entre otras cosas, nunca pudo encontrar una explicación racional),
hace que sea creíble y valedero. En fin, al menos yo lo creo y creo que fue
verdad, sobre todo, y aquí mi análisis objetivo, viniendo de una persona
totalmente descreída de cualquier hecho sobre natural.
Oscar fue maquinista del Ferrocarril Sarmiento, trabajador
incansable, prolijo y ordenado en todo lo que tuviera que ver con su trabajo, y
su persona, pulcro hasta la desesperación, no dejaba nada librado al azar. De familia
totalmente ferroviaria, un exégeta (pero
no de la biblia) del tema, un “cruzado”, como todo ferroviario que se precie de
tal. Para él la máquina y la conducción eran todo, su microcosmos, su razón de
ser.
A tal punto llegaba la adoración a “su” máquina, y a “su”
tren, que, no había reunión familiar, cumpleaños, navidades, fines de año,
donde no se llevara el tema del ferrocarril hasta el máximo análisis, con mi abuelo y mi tío ferroviarios,
podrán imaginar esas reuniones. Aunque
siempre se cuidó muy bien de no relatar el hecho que nos ocupa. Siempre fue muy
cauteloso y reservado para contarlo.
Esa noche de otoño, le tocaba conducir un tren de carga
hasta una localidad del centro de la provincia de Buenos Aires, con horario de
salida a las 21 hs. desde la estación Once de Septiembre, terminal del
Sarmiento, estimando un viaje de aproximadamente 10 a 12 horas, dado que los
trenes de carga van mucho más lento que los de pasajeros. Nunca imaginó que ese
viaje se iba a extender un poco.
Tenía todo planificado, 24 hs. de descanso, por ley, al
llegar a destino, sabía lo que iba a comer en el viaje y lo que iba a cocinar
al otro día (siempre fue un excelente cocinero). La valija ordenada con las sucesivas
mudas de ropa que iba a usar y la combinación de colores dado que siempre fue
muy coqueto.
Como era su costumbre, se tomaba el trabajo de revisar
personalmente “su” máquina, luego de la revisión técnica de rigor efectuada por
los técnicos especialistas. Iba vagón por vagón a efectos de cerciorarse que
los “enganches” de los mismos estuvieran perfectos. Máquina y tren
minuciosamente revisados, no quería tener inconvenientes de ningún tipo,
prevenir lo prevenible. Aunque, nunca pudo imaginarse que iba toparse esa noche
con “algo” que rompía los esquemas y las previsiones.
Muchos años después,
haciendo un viaje de trabajo en un avión militar, un “Hércules”
exactamente, tuve la suerte que el comandante me invitara a la cabina, ya que,
por esas cosas de la vida, el avión iba a Puerto Madryn vacío, volviendo con
carga, y quien escribe era el único pasajero. Todo un privilegio.
Mientras miraba los chequeos técnicos que se realizan en
todo vuelo antes de despegar, no sé porque razón, vino a mi mente mi padre,
haciendo las minuciosas inspecciones en “su” máquina y “su” tren, recordando el
hecho que sucedió, no pudiendo evitar pensar, que, si volvía a pasar, a gran
altura, las cosas iban a ser
completamente diferentes a lo que sucedió a nivel del suelo. No voy a negar
que me estremecí bajo una extraña
sensación, y poco faltó para que abandonara el vuelo, que, además era mi primer
vuelo. Finalmente pude sobreponerme a mis pensamientos y me entregué a la
nobleza del Hércules y a la experiencia de los comandantes. Me volví al
interior del avión, me puse el cinturón y me senté tipo paracaidista a punto de
saltar, hasta que una vez efectuado el despegue, el comandante volvió a
llamarme a la cabina pudiendo disfrutar de un viaje placentero, aunque no voy a
negar que me la pasé mirando a todos lados buscando el “algo” traído a mi mente
a través del recuerdo de mi padre.
21 hs. Todo listo para que el “carguero” inicie su viaje al
centro de la Provincia de Buenos Aires.
Oscar se sentó en la silla del conductor, miró los relojes
que indicaban el estado de la máquina, se acomodó el infaltable pañuelo de
cuello, insustituible para la noche del campo, y esperó que la señal se pusiera
en verde y el guarda desde el último vagón agitara su linterna, indicando que
estaba todo en orden. Todo parecía predecir un viaje tranquilo, rutinario,
nadie esperaba lo que se avecinaba.
Juan, era el “foguista” de Oscar, término este que quedó
como recuerdo de las viejas máquinas a vapor, donde el “foguista” era el encargado
de alimentar con carbón las calderas que darían la energía necesaria. El “maquinista” solo conducía.
En las modernas máquinas “diesel eléctricas” que se movían por otra
tecnología, el “foguista”, pasó a ser un copiloto- acompañante, tenía varias
funciones a su cargo, y, en los viajes largos y solo con la aprobación del
conductor principal podían conducir el tren en algunos momentos.
Juan era bastante más joven que Oscar, de carácter alegre y
juguetón, aunque sabía, y a pesar del carácter alegre de mi padre, que una vez
que subían a la máquina, todo debía ser realizado muy seria y profesionalmente.
No era para menos ante la gran responsabilidad de los dos de conducir un tren, a veces con pasajeros y
otras, como en este relato, solo de cargas.
Finalmente el tren arrancó, mi padre, hizo sonar la bocina,
como indicador.
Fría noche de otoño, pero con una gran visibilidad, ni una nube en
el cielo. Nada se iba a interponer entre
el potente faro de la “Diesel” y la oscuridad de la noche. Y a pesar que esa noche no había luna, todo
hacía suponer un viaje tranquilo.
Habían transcurrido como dos horas, y de a poco el tren iba
dejando la ciudad. Las luces iban quedando cada vez más atrás. Solo la
inmensidad del campo y la negrura de la noche como tragándose al “carguero”.
Oscar lo miró a Juan, solo bastó esa mirada, para hacerle
recordar una de sus funciones específicas: El ritual del mate. Gran compañía en
ese tipo de viajes. Y Juan se apresuró a alistar todo el equipo para saborear
la infusión.
Pasaron otras tres horas, ya iban cinco de viaje, y varias
pavas de mate. Oscar atento al trayecto, y mirando hacia la inmensidad del
campo. Soñando tal vez con su niñez en ese ambiente.
Eran las 2 AM de la madrugada.
Y sucedió.
La máquina como atravesada por un rayo, dejo de funcionar, así
de la nada. Cero energía.
Oscar y Juan se miraron atónitos. No podían entender. Y
aunque la máquina seguía andando debido a la inercia, mi padre, sabía que los
vagones seguían las mismas leyes de la física. No era momento de pensar en lo
que había pasado, los frenos obviamente no funcionaban, y el golpe sería
inevitable, por este motivo, le gritó a Juan para que se sentara y se agarrara fuerte de algún lado.
No pudo precisar cuantos minutos pasaron antes que el tren
se detuviera totalmente, para ellos
fueron siglos.
El golpe, por suerte, no fue tan fuerte, dado que venían
atravesando una especie de subida lo que aminoró la inercia de los vagones.
Solo cuando el tren se detuvo, pudieron respirar más
aliviados. Ambos se consultaron para ver si estaban bien. Y, repuestos del
susto, debían resolver el problema.
Oscar dejó la cabina de conducción rápidamente, tomó su
infaltable linterna de la valija, bajó la escalerilla más que rápido, y se
dispuso, ya en tierra a mirar por debajo de la máquina a ver si podía detectar
el desperfecto.
Su sorpresa fue mayúscula al comprobar que la linterna no
funcionaba.
La de Juan, que lo había seguido casi instantáneamente
tampoco. Era raro. Muy raro.
Ahí estaban los dos, a oscuras en medio de la inmensidad del
campo, cuando de repente y casi de la nada lo vieron….
Apareció por detrás de la máquina y se detuvo frente a
ellos, vino de este a oeste, como un relámpago.
Era una especie de nave voladora, de forma ovoide, como dos
platos situados uno encima del otro, un color azul eléctrico que resaltaba a
través de la oscuridad de la noche.
Tenía también, una especie de banda de luz anaranjada que giraba en el objeto,
como pegada a la parte central, y cada tanto salían destellos de luces
multicolores por debajo.
Los dos quedaron inmóviles, paralizados, ni siquiera se
miraban.
Al momento de la aparición, el objeto emitió una luz blanca
que los encegueció casi por completo, obligándolos a entrecerrar los ojos.
Oscar nunca pudo precisar el tiempo que duró la luz, pero cree, que alcanzó a
ver, como una compuerta se abrió en el
objeto permitiendo que descienda una figura humanoide a través de una especie
de rampa de luz.
La figura en cuestión, fue como que tomó algo del suelo,
volviendo rápidamente al objeto. Y, en ese momento la luz cegadora se apagó y
el objeto partió a una velocidad inimaginable, desapareciendo hacia el oeste.
Oscar apenas podía moverse, pero era un hombre fuerte y
decidido. Y lo primero que hizo fue atender a su compañero, dándole varias
sacudidas para traerlo a la realidad.
Juan se puso a llorar como un niño. Oscar lo tomó de un brazo y lo
obligó a subir a la cabina de la máquina. Sentó a su compañero en la silla del
copiloto y se sentó el mismo en la suya. Su único pensamiento era como iba a hacer
para informar este hecho, cuando él
mismo no encontraba las palabras.
Prendió un fósforo para ver la hora, y su sorpresa fue
grande cuando descubrió que su reloj no funcionaba, y lo mismo pasaba con el de
Juan.
Se habían detenido justo a las 2 AM en punto.
Algunos minutos después, la máquina, empezó a funcionar, de
repente, tal como se había apagado.
Reinició el viaje, ninguno de los dos dijo una sola palabra
en lo que faltaba transitar, cuando llegó a destino le pidieron explicaciones
de porque el tren llegó una hora más tarde……ya que el guarda jamás se despertó
y tampoco se había dado cuenta…..
Muchos años después, al fallecer mi padre, revolviendo papeles y
mirando recuerdos, encontré una hoja de informe amarillenta, claramente una
copia al carbónico, que decía:
Tren 5362: Motivo del retraso: “Falla técnica en el sistema
eléctrico”.
En memoria de Oscar Ferrari









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