UN LUGAR INADECUADO

 

“¿Cómo transmitir a los otros el

infinito Aleph, que mi temerosa memoria apenas abarca?

“El Aleph” Jorge Luis Borges.

 

Juanjo era un escritor aficionado, escribía solo por placer y nunca pensó en el dinero.

Luego de enfrentar un cáncer y muchas batallas perdidas, habían  dejado de importarle las cosas materiales. Había encontrado un propósito, y su  mente volaba a Universos paralelos cada vez que se sentaba a escribir.

Definitivamente esto lo mantenía a salvo y seguro en su casa, lejos de los miedos e inseguridades, las fobias y una incipiente depresión que le había dejado la pandemia del Covid.  Pero esa es otra historia.

El universo le había regalado una compañera, que casi fue un milagro, porque ninguno de los dos era un adolescente, y los dos arrastraban sus cruces y fracasos.  Jamás imaginaron que se podrían encontrar. Pero sucedió.  Como una flor en el desierto, o como el maná que cayó del cielo para alimentar al  pueblo judío en su éxodo desde Egipto.

Hacía dos meses que lo había notado.

“Eso” se había situado al costado de su escritorio, y era imperceptible para el resto del mundo. Solo él podía verlo.

Lo había comprobado, lo veía él solamente.

No sé atrevió a contarle a nadie, ni siquiera a su compañera,  temiendo que dudaran de su salud mental.

En un principio pensó que se debía a una falla en su visión, pero rápidamente se dió cuenta que no lo era. Todo estaba bien con sus ojos.

Pensó también en que era su imaginación, que se volvía más fértil  a medida que escribía y escribía.

Pero no. Tampoco era su imaginación.

Trataba de ignorarlo, de sacarlo de su mente, pero no. “Eso” seguía ahí. Omnipresente.

No podía evitar elevar su vista del teclado cada tanto y mirarlo.

Le producía una rara fascinación, y un poco de temor hacia lo desconocido.

A veces pasaba días enteros sin subir a su escritorio, que estaba en la planta alta de su casa, con la secreta esperanza que cuando lo hiciera hubiera desaparecido.

Pero no.

Subía a los tres o cuatro días y seguía exactamente en el mismo lugar.

A veces se levantaba en mitad de la noche a comprobar si estaba, y siempre obtenía el mismo resultado.

Hasta intentó una noche subir a oscuras a ver que sucedía.

Y cuál no sería su sorpresa al descubrir que de noche y a oscuras emitía una luminosidad blanca, similar,  aunque no igual,  a la que emiten los celulares cuando están a punto de apagarse, pero de forma continua.

Pero poco a poco su miedo se fue disipando, dejando paso a una terrible curiosidad.

Sobre todo, cuando se dió cuenta, que no había llegado para hacer ningún daño, y era totalmente inofensivo. Al menos hasta ahora no había dado ninguna señal en contrario.

Hasta algunas noches se pasaba horas mirándolo sentado frente a él y reflexionando sobre su origen, a pesar de los reclamos de su compañera para que vuelva a la cama. Ella, Sofía, se levantaba muy temprano para ir a trabajar y no se podía dormir si él no estaba cerca.

Tenían una gran conexión… un amor adulto, constante y cariñoso. Se valoraban mutuamente porque los dos eran conscientes de lo difícil que fue encontrarse, y cuidaban mucho ese amor.

Ya llegaría el momento de contarle, dado que él no tenía secretos para ella. Pero, temía que si le contara ahora, la preocuparía pensando que algo había hecho cortocircuito en su cerebro. Que estaba ya bastante “quemado” por los sucesos que fueron relatados.

Mientras tanto pasó varias noches sentado en la oscuridad y tratando de entender.

“Todo sucede por algo” se decía a si mismo

“Eso” se fue agrandando,  hasta tomar casi el tamaño de una ventana de forma esférica.

Era la mejor definición que podía encontrar.

Desde afuera se veía como una especie de espejo borroso, pero con ondas,  con movimiento, lo que le producía una gran fascinación, impidiéndole desviar su mirada.

Definitivamente lo tenía atrapado.

Una de esas noches, tomó una decisión.

Iba a ir a fondo para descubrir que era.

Pero lo haría la mañana siguiente, no podía dejar de pensar  lo que significan los “espejos” en los mitos y leyendas. Y, por las dudas, lo investigaría de día,  esa noche pensaría la estrategia.

Volvió a su cama.

Sofía instintivamente lo abrazó, como hacía siempre, él la condujo hasta su pecho, la abrazó también, le dio un beso y le dijo “te amo” como todas las noches.  Y, a pesar de la oscuridad,  pudo percibir su sonrisa antes de dormirse.

Pero su mente estaba en otro lado. Como iba a acercarse a “Eso”? Sería peligroso?

Quería tocarlo y saber cómo se sentía. Sería frío? Caliente?

Inmerso en ese mar de dudas, pasó sin dormir casi toda la noche.

Empezaba a clarear, y se despertó, palpó el espacio al lado suyo y ella no estaba. Como siempre había salido muy temprano a su trabajo, no sin antes prepararse su desayuno.

“Tendría que haberle contado y haberlo hecho con ella” pensaba dubitativamente..

Pero la decisión estaba tomada.

Salto de la  cama, se duchó rápidamente, e hizo la rutina del desayuno como todas las mañanas, pero sin tomarse tanto tiempo. Tenía apuro por subir e intentar la “experiencia”.

Cada escalón hacia el escritorio parecía interminable. Y los fue subiendo de a poco. Paso a paso.

Sentía una rara sensación de frío extremo que recorría su columna vertebral del principio al fin.

Su perrita, que lo seguía a todos lados, hizo lo mismo que hacía siempre. Lo siguió.

Aunque Juanjo, está vez, le impidió el paso, cerrando la puerta que conectaba la escalera con el escritorio.

El noble animal se quedó en la puerta y en sus ojos se podía notar que no entendía lo que pasaba.

No podía poner  en riesgo a ningún integrante de la familia, se dijo a sí mismo.

Caminó los pocos pasos que lo separaban de “Eso”,  se detuvo unos segundos a pensar, y en ese momento invocó la protección del universo.

Empezó a caminar lentamente y con pasos tímidos hacia “Eso”.

Lentamente y con la palma hacia adelante intento descifrar si era frío o caliente.

No pudo percibir nada. No emitía ningún tipo de energía, visible o palpable.

Acercó la mano un poco más y pensó en empujar, y su sorpresa fue muy grande cuando vió que su mano desaparecía hacia el interior de lo que fuera “Eso”.

Rápidamente la retiró entre asustado y sorprendido. Con su otra mano la tocó y revisó.

Ningún daño, ninguna reacción.

Animado comenzó a introducir todo su brazo, ya sin tanto miedo, a lo que le siguió el mismo efecto.

Probó con el otro miembro, y luego con los dos al mismo tiempo.

Mismo efecto sin ninguna reacción. Todo iba bien.

Se sentó en el sillón de su escritorio y comenzó a reflexionar sobre el asunto-

Una cosa era segura “Eso” no era de este mundo, o,  al  menos, del mundo que percibimos con nuestros sentidos ordinarios.

Y lo más raro, solo él lo veía.

Definitivamente debía investigar más a fondo, lo que requeriría de mayor riesgo, en caso que fuera peligroso, claro.

Venciendo sus miedos e inseguridades, tomó una decisión.

Introduciría su cabeza y miraría desde adentro.

Miró su reloj. Eran las 9 en punto AM

Con recelo se fue acercando y con mucho cuidado fue introduciendo su cabeza, con los ojos cerrados claro.

Por unos instantes no se animó a abrirlos.

Pero cuando los abrió se quedó sin respiración. Introdujo sus brazos también, y con sus manos froto sus ojos, para cerciorarse que lo que veía era real y no un producto de su imaginación.

Como explicarlo?

Intentó buscar una palabra que lo definiera pero no pudo.

Vió el tiempo y el espacio, todos los universos conocidos, sin pasado ni presente ni futuro, todo sucediendo al mismo tiempo.

Tuvo el reflejo o la intuición de pensar en un lugar y en un tiempo, y lo veía, y no solo lo veía, podía percibir con los cinco sentidos, y algunos adicionales muy difíciles de explicar.

Pensó por ejemplo en la construcción de las pirámides, y pudo comprobar que no fueron los egipcios los que las hicieron.

Pensó en trasladarse 30.000 años  atrás, en la historia de la tierra y vió una civilización, tanto o más avanzada que la nuestra.

Fue hasta los tiempos de Cristo, y pudo mirarlo a los ojos, cosa que el también hizo, y le devolvió la mirada con un guiño y una sonrisa. Hubiera querido quedarse ahí con él, y tener una larga conversación, pero fue como que en un instante, él lo miró y Juanjo comprendió todo. No hicieron falta palabras.

Esto fue demasiado para él… entre confundido y exaltado sacó rápidamente la cabeza y la mitad de su cuerpo, necesitaba volver a su “normalidad”

Para su percepción el “viaje” había durado horas, pero cuál sería su sorpresa que, al mirar su reloj este marcaba la 9.01 AM.

Imposible, se dijo a sí mismo, pasé horas ahí adentro.

De todas maneras la dilatación del tiempo era lo menos fantástico que le había ocurrido, y dejó de preocuparse, ya habría tiempo de pensar en ello.

Se sentó nuevamente en su sillón del escritorio, con una rara mezcla  dentro de él, estaba exhausto, pero su mente había alcanzado una claridad relevante. Nunca se había sentido así, como que su ser había alcanzado un grado elevado de evolución.

Todo era raro y muy raro. Se sentía diferente.

Y de pronto con esa claridad que le despertó el “viaje” se dio cuenta que estaba en presencia de lo que el genial Borges, bautizó como “Aleph”, o un portal tiempo-espacio para la física cuántica moderna.

Se quedaría con la definición del genial escritor Argentino.  Además de ser la primera consonante del alfabeto hebreo y en matemáticas,  el signo gráfico correspondiente a la letra hebrea א, empleado por Georg Cantor  en la formulación de su teoría de conjuntos para representar la cardinalidad  de los números infinitos, era, según Borges,  el punto mítico del universo donde todos los actos, todos los tiempos (presente, pasado y futuro), ocupan “el mismo punto, sin superposición y sin transparencia”. De lo cual se desprende que el Aleph representa, tal como en Matemáticas, el infinito y, por extensión, el universo.

Definitivamente esta definición era lo que más se acercaba a su comprensión.

Pero que iba a hacer Juanjo con toda esta información. Con esta iluminación que le llegó de repente y sin pedirla?

Su sentido común le indicaba que debía parar ahí. Pero precisamente él no era de las personas que suelen usar el sentido común.

Su mente curiosa le indicaba otra cosa, y más aún luego de ver lo que vió.

El universo le había hecho un gran regalo, y no lo desaprovecharía.

Como mínimo tendría tema para varios libros.

Ya sin tanto miedo, se paró inmediatamente decidido a enfrentar el portal.

Está vez lo penetro directamente, sin recelos, y con los ojos abiertos.

Y lo que vió, lo dejó nuevamente sin aliento.

Vi a un señor, de espaldas, escribiendo en una computadora de escritorio.

El cuarto era muy parecido al suyo.

Había una mujer semidormida, junto a él.

Cuando el hombre se dió vuelta, la sorpresa fue mayúscula.

Era él mismo. Y la mujer era igual a Sofía.

Y lo más fantástico era que podía entender sus pensamientos, escuchar sus voces, sentir lo que sentían.

Fue como verse en un espejo. Pero mucho más que eso.  Era sentir lo que sentían.

El hombre miró hacia la mujer, le fascinaba ver su pierna asomarse por entre las sábanas.

Él pensó que ella le gustaba de  todas formas, vestida, desnuda, con jeans y zapatillas, o vestida para una fiesta. Definitivamente la amaba más allá de su comprensión.

Ella se sentó en la cama, y le dijo con una voz entrecortada por los sollozos y alguna lágrima: “Necesito sentirme deseada y amada”.

Él, sin decir palabra, se levantó del sillón, se sentó  en la cama al lado de ella, y la besó como jamás la había besado.

Fue demasiado para Juanjo, sintió el beso hasta sus entrañas.

Se retiró de ahí rápidamente.

Se sintió como un voyeur, como que vivía la escena de otro, a pesar de ser él mismo.  En definitiva para su ética, estaba en un lugar inadecuado.

Salió del portal rápidamente, otra vez ese sentimiento de incredulidad.

Pero rápidamente su mente se fue aclarando.

Y comprendió porque el Universo le había regalado la presencia de un “Aleph” en su escritorio, hasta ahora su pequeño taller de sueños.

Bajó corriendo las escaleras, tomó su abrigo y salió rápidamente a buscar a Sofía a su trabajo.

Desde el auto la llamó por teléfono, y le pidió que saliera un minuto, que tenía algo importante que decirle.

Ella salió a la calle, todavía sin entender nada, por esta actitud nada habitual en él.

Tengo algo importante que decirte, le susurró al oído.

“Te deseo hasta con la última célula de mi cuerpo” y “te voy a amar como jamás te han amado”

Se abrazaron y se besaron como nunca lo habían hecho.

Sofía no volvió ese día a trabajar, se fueron juntos.

Cada tanto, Juanjo  vuelve al portal para tener material para sus libros. Pero, bajó su computadora al dormitorio para escribir al lado de ella y mirarla mientras duerme

 

 


(1)      Georg Ferdinand Ludwig Philipp Cantor (San Petersburgo, 3 de marzo de 1845 - Halle, 6 de enero de 1918), conocido como Georg Cantor, fue un matemático nacido en Rusia, nacionalizado alemán, de ascendencia austríaca y judía. ​ Fue inventor con Dedekind de la teoría de conjuntos, que es la base de las matemáticas modernas. Gracias a sus atrevidas investigaciones sobre los conjuntos infinitos fue el primero capaz de formalizar la noción de infinito bajo la forma de los números transfinitos (cardinales y ordinales).

(2)      Los números cardinales se pueden emplear para cuantificar el tamaño de un conjunto (finito o infinito), mientras que los números ordinales pueden emplearse para describir la posición de un elemento en una sucesión (finita o infinita).

 


 

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