EL MULTIVERSO
Relato que forma parte de mi segundo libro
"De otras vidas"
“¿Y si este no fuera el único universo
posible?” “¿Y si nuestra vida no fuera por un solo camino… sino por todos los
posibles?”
Leonardo Patrignani
Tenía que encontrar una respuesta al
misterio. Era crucial.
Y buscó, buscó y buscó en todos los
lugares que normalmente buscaba. Sitios confiables, autores reconocidos,
portales de reconocida calidad. Pero ninguno de ellos le ofrecía una respuesta
a lo que vivió.
Una situación que parecía sacada de la
ciencia ficción, o del más loco de sus sueños.
Hacía varios días que no dormía, no se
alimentaba bien, y todas sus funciones corporales parecían haber sido
trastocadas. Su mente de escritor, acostumbrada a deambular entre la ficción y
la realidad y a imaginar universos diferentes, viajes en el tiempo,
metamorfosis, encuentros con seres alienígenas, mitos y leyendas, no podía
comprender el hecho real al que había sido enfrentado.
Buscó en la numerología también, que
si bien no es una ciencia en el sentido estricto de la misma, le arrojó un poco
de luz, aunque el misterio seguía sin desvelarse.
Para la numerología, el 48 simboliza
un equilibrio entre las cosas materiales
y la prosperidad espiritual. El 4 es estructura (familia, trabajo) y el
8 abundancia. “Como una finalización de ciclos,
con éxitos fruto del trabajo duro,
y una alta conexión con el mundo
espiritual”.
Pero lo que sucedió, seguía sin
explicación. ¿Sería algún tipo de mensaje que el o los universos estaban
enviándole?
Su mente se retorcía con preguntas, y
no podía hallar la respuesta.
Damián, además de escritor, era
periodista de investigación. Su especialidad eran las leyendas urbanas, los
crímenes sin resolver, los asesinos en serie y los asesinatos rituales. Poseía
además un avanzado conocimiento en temas esotéricos y paranormales.
Pero nada de esto, ni su dilatada
experiencia, podían explicar los sucesos que vivió. Nunca imaginó que iba a
vivir en directo una historia, que
superaba, y por mucho, aquellas sobre las cuales escribía.
Estaba trabajando, cuando sucedió el
hecho, en su última creación: “Argentina misteriosa – Mitos y leyendas” una
antología de relatos sobre leyendas urbanas y rurales a lo largo y a lo ancho
de todo el país. Y se encontró con tanto
material que le resultó sumamente difícil ordenarlo y darle forma. Pero
disfrutaba mucho haciéndolo, y era bastante obsesivo en esos momentos.
A partir del “hecho”, tuvo que
suspender su trabajo, dado que su mente solo tenía un pensamiento fijo y una
obsesión: Encontrar respuestas.
“¿Por qué a mí?”. “Había 48 versiones
de mí en la habitación y todas insistían en que yo era la copia” Su mente
inquisidora no paraba de preguntarse.
Eliana, su compañera de vida, su
esposa, su confidente, y la guardiana de todos sus secretos, había comenzado a
notar algo raro en su comportamiento. Hacía días que no dormía bien, comía
poco, estaba como distraído con la
mirada perdida quien sabe dónde.
Ella estaba acostumbrada a estas cosas,
cuando Damián se encontraba en sus procesos creativos. Pero nunca tan marcadas,
ni extendiéndose tanto más de lo acostumbrado.
De profesión psicoanalista, formada en
el riguroso método científico, no podía evitar darse cuenta que algo estaba mal
en él. Más allá de su profesión, su intuición le indicaba que algo fuera de lo
común estaba sucediendo.
Notaba su inquietud al dormir, la
dificultad de conciliar el sueño, cierta irritabilidad, no común en él, y lo
poco que comía.
No decía nada, pero estaba muy
preocupada.
“¿Querés contarme algo?”, le sugirió
casi tímidamente. “¿Te puedo ayudar en algo?”. A lo que Damián respondía
sistemáticamente con un movimiento de cabeza configurando un “no” gestual, casi
sin hablar.
Claramente él no quería preocuparla.
Debía encontrar las respuestas al misterio.
Mientras volvía a su casa,
reflexionaba: “¿Y si el hecho está
tratando de revelarme algo que no alcanzo a comprender?”.
Los sucesos comenzaron a suceder
gradualmente.
Damián escribía generalmente por las
noches. Consideraba este momento del día especialmente tranquilo y relajado.
Una de esas noches el escritor notó un
diminuto punto en la pared lateral de su escritorio. A lo que no prestó
demasiada atención, atribuyéndolo a una mancha de humedad.
Pero el punto empezó a cambiar de
tamaño, poco a poco, y a volverse brillante. Todas las noches lo notaba crecer
un poco más.
Se dio cuenta rápidamente que no era una mancha de humedad, y se empezó a
inquietar.
No quiso preocupar a su compañera, y
no habló de eso hasta no tener alguna respuesta concreta.
A la tercera noche, el punto ya tenía
el tamaño de una ventana chica, y se había tornado en un círculo perfecto. En
su interior, una especie de espejo difuminado, parecía moverse rítmicamente.
Apagó todas las luces y notó que
emitía una tenue luminosidad. Al descubrir esto, bajó corriendo la escalera y a
partir de ahí, comenzaron sus malestares y descompensaciones físicas.
Estuvo dos días enteros más sin subir
a su escritorio, y, al tercero decidió volver, con la esperanza de que se
hubiera tratado de algún tipo de alucinación o ilusión óptica.
Subió las escaleras en puntas de pie,
como si no quisiera llamar la atención, entró y pensando que había dejado la
luz encendida, comprobó que el círculo se había agrandado y que ahora emitía
una luz mucho más potente.
Al miedo inicial, le siguió una
curiosidad demoledora. ¿Qué era eso?, ¿por qué en su escritorio?
Se sentó en el cómodo sillón,
mirándolo exhaustivamente. Y en ese instante se dió cuenta de dos cosas: La
primera fue que no era de este mundo, y la segunda que no había llegado para
hacerle ningún daño.
Estas reflexiones lo tranquilizaron
profundamente, en ese aspecto. La curiosidad y la duda invadieron el resto de
su ser.
Pasó un largo tiempo observando. La
ventana estaba ahí, luminiscente, perfecta. Como salida del relato más atrevido
de ciencia ficción.
Tomó una decisión.
Necesitaba sentirlo, explorarlo con el
tacto, conocer su consistencia. Pero lo haría al otro día. Esta noche
necesitaba reflexionar.
Se sentó en el borde de la cama. Eliana
dormía profundamente, la miró dulcemente y se dijo a sí mismo: “Luego de la
exploración de mañana, lo voy a compartir con ella. No puedo seguir cargando
este peso solo. No tengo secretos que
ella no conozca”.
Como era de esperar, esa noche no pudo
dormir.
Por la mañana, se levantó junto a su
compañera. Le preparó el desayuno, como a ella le gustaba tanto, saborearon
juntos unos ricos mates, hubo sonrisas y
él simuló un pequeño bienestar.
Se dispuso a llevarla al trabajo. Era un viaje
relativamente corto, de una media hora. Que transcurrió en absoluto silencio.
Eliana no decía nada, pero observaba y
analizaba todo:
“Anoche tampoco dormiste”, “¿Querés
que veamos a algún médico?”.
La miró con una infinita dulzura. “No,
no te preocupes. Esta tarde te cuento todo,
te lo prometo. Solo es un problema con algo que descubrí en una
investigación. Pero, para cuando regreses, creo que voy a tener ya las cosas
más aclaradas”.
Guardó su automóvil, y subió más que
rápido la escalera hacia su escritorio.
Ahí estaba, ahora más grande, tenía el
alto de una persona por un ancho de aproximadamente dos metros. El crecimiento
era evidente.
Primero tímidamente. Introdujo su mano
derecha hasta el antebrazo. Su miembro superior se hundió como si hubiera
penetrado un líquido. Lo sacó rápidamente con desconfianza.
Se sintió tibio.
Se observó la mano y el brazo para
encontrar alguna posible lesión en la piel, pero todo estaba en orden.
Pensó un momento, volvió a juntar
coraje, retrocedió dos pasos para luego avanzar decididamente, introduciendo su
cabeza, para, de esta manera, intentar ver lo que había del otro lado.
En forma instintiva lo hizo con los
ojos cerrados, y cuando lo atravesó pasaron algunos segundos hasta que los
abrió.
Al principio estaba todo muy difuso,
pero también en pocos segundos se acostumbró a la visión. Primero fue todo
resplandeciente, para rápidamente aclararse.
Y lo que vió lo dejo sin palabras.
Es más, a pesar de ser escritor, y
poseer una riqueza lingüística natural, nunca pudo encontrar las palabras
justas para describir lo que vió.
Vió el presente, el pasado y el futuro
en un solo punto. La conjunción de todos los Universos también al mismo tiempo.
Lo que la física cuántica actual denomina Multiverso.
Su poder de comprensión no llegaba a
tanto.
Era mucha información toda junta.
Debía salir y reflexionar, tratando de digerir todo lo que había visto.
Sacó su cabeza de ahí, y se sentó,
exhausto, en el sillón de su escritorio.
A su mente, acostumbrada a lidiar con
cosas que no son de este mundo, le costó mucho procesarlo.
Claramente esto era un portal hacia
otras dimensiones, un punto donde se encuentran todos los puntos.
Y en ese momento, recordó la obra del
gran escritor Argentino Jorge Luis Borges: “¿Cómo transmitir a los otros el
infinito Aleph, que mi temerosa memoria apenas abarca?” decía el genial maestro
al referirse a su “Aleph”. Era, según él,
el punto mítico del universo donde todos los actos, todos los tiempos
(presente, pasado y futuro), ocupan “el mismo punto, sin superposición y sin
transparencia”.
Ya no importaba si Borges lo vivió o
lo imaginó. Para el maestro, “la ficción
es mucho más que una simple invención; es una forma de explorar la realidad, la
verdad y la naturaleza misma del conocimiento”.
Esas palabras le ofrecieron un poco de
paz a su alma, y pudo, a través de la literatura, llevar calma a su atribulada
mente.
Pero, ahora, un poco más tranquilo,
había decidido llevar la experiencia un poco más allá. Iba a atravesar
totalmente el portal. Debía saber más. Su curiosidad sobrepasaba su miedo a no
poder volver.
Volvió a respirar de forma profunda.
Trató de poner su mente en blanco. Y sin vacilaciones esta vez atravesó el
portal por completo.
Y lo que vió fue totalmente diferente.
Primero giró su cabeza mirando hacia
atrás, asegurándose que la “ventana” seguía ahí, y por consiguiente asegurar su
vuelta a esta realidad.
Hecho esto miró a su alrededor, era una habitación enorme, muy iluminada
naturalmente, dado que no observó ningún aparato luminiscente.
Y lo que vió fue a muchas personas.
Notando algo familiar en ellas.
Paso a paso se aproximó, con
precaución.
Y la sorpresa fue aún mayor cuando
descubrió, que era él mismo. Con algunas ligeras diferencias, pero finalmente
eran versiones de sí mismo.
Todos le sonreían a medida que se
acercaba a ellos. Tuvo la lucidez de contar cuantos eran. El total era de 48.
Y así fue pasando por cada uno de los
48 y todos le decían lo mismo.
No sintió miedo, pero le inquietaba el
significado de esas palabras. Rápidamente dejó la habitación.
Atravesó el portal corriendo y volvió
a nuestra realidad. Aunque no tenía certeza en este momento de cuál era la
realidad.
Bajó las escaleras corriendo, fue hasta
su cama y se tiró boca arriba. Unos gruesos lagrimones comenzaron a correr por
sus mejillas.
Comenzó a pensar en el significado de
la experiencia.
Tal vez el Multiverso intentó decirle,
que no es tan único, especial e irrepetible como el mismo creía. Recibiendo un
gran baño de humildad hacia su persona.
Más tarde llegó Eliana, él la tomó de
las manos, y le contó con lujos de detalles su experiencia.
Subió con ella a mostrarle el portal,
pero este había desaparecido.
Al notar su desesperación, ella le
dijo, con esa sabiduría ancestral que poseía y el infinito amor que sentía por
él:
“No te preocupes, sé que es cierto. Y
es una prueba de que la realidad es mucho más compleja de lo que percibimos con
nuestros sentidos terrenales”.









He leído tu texto, Esteban… y hay algo muy potente latiendo en él: esa mezcla entre lo racional que busca respuestas y lo inexplicable que te obliga a rendirte.
ResponderEliminarTal vez no se trata de entenderlo todo.
Tal vez no vinimos a descifrar el misterio… sino a dejarnos tocar por él.
Hay puertas que no se abren para explorar… sino para recordarnos que no somos el centro de todo, sino una pequeña chispa dentro de algo inmenso.
Y quizá, en ese susurro que dice “vos sos la copia”… no hay amenaza, sino liberación.
La libertad de dejar de sostener una única identidad.
La libertad de ser, simplemente, una posibilidad entre muchas.
¿Y si no eres uno solo… sino todas tus versiones intentando encontrarse?
Solo necesito mirarme… y saber que, entre todas tus versiones, esta… la que tiembla, la que duda, la que siente… es la que elijo cada día.