ESA MESA DE CAFÉ

 

Otra vez el tedio y el hastío golpeando su puerta. Otra vez ese cansancio eterno que como un parásito devoraba su alma.

Otra vez esas ganas de no hacer nada, de tirarse en la cama, taparse en modo tortuga, y no hablar ni ver a nadie.

Miró el reloj de la cocina, eran las 2 PM, tan cansado estaba que ni ganas de dormir tenia, es más se acostó y seguía cansado.

Pero en su fibra interna, siempre vivió un guerrero, un luchador de mil luchas, muchas ganadas y muchas perdidas.

No, no se iba a dar por vencido así tan fácilmente, una vez más presentaría batalla..

Pero que iba a hacer, era Sábado, eran las 2 PM, no tenía ganas de ver nada en la televisión ni de leer ni de nada. Pero algo tenía que hacer.

Buscó y buscó en los abismos de su mente, atravesó los infiernos de su interior, peleó frente a frente contra los monstruos que su imaginación creaba. Pero nada.

Nada venía a su mente, no era Leónidas al frente de sus 300 espartanos, que lo dieron todo por detener a los persas , en la batalla de Las Termópilas, y,  llenándose de gloria,  pudieron frenar durante tres días al cruel invasor. Quería encontrar aunque sea un poco del coraje y del ingenio  de esos hombres, pero nada.

La mente seguía en blanco. Sumido en la tristeza y la desesperanza.

Pero, en un momento, una idea iluminó su mente. Iba a salir, pero dónde? No tenía ni la menor idea de dónde ir. Un hombre como él, siempre tan metido en su trabajo, en su profesión, y preso muchas veces de su propia intelectualidad se encontraba como en el famoso laberinto del Fauno.

Muchos caminos pero ninguna solución.

Se calzó unas zapatillas viejas, de esas que le resultaban super cómodas, el jean de siempre, y una remera bien sencilla con un buzo tipo canguro arriba, que al quedarle holgado, lo hacía sentir muy cómodo.

 Decididamente no quería llamar la atención de nadie. No quería hablar con nadie.

Tomo su mochila, cargó su notebook y su infaltable block de notas. No sea cosa que donde el destino lo quisiera llevar pudiera encontrar una buena historia, y quería registrarla.

Ese reflejo, al tomar su mochila y sus cosas,  sin quererlo, fue como una salida. Siempre encontraba en escribir un propósito, le daba vida y lo transportaba a universos paralelos, o a tierras donde el dolor y la desesperanza no existían.

Decidió caminar sin rumbo. Donde el Universo decidiera que debía ir.

Era Sábado a la noche, en las calles había bastante gente, el intentaba pasar entre ellos como un fantasma, sin que nadie notara su presencia.

“Demasiada gente” pensó. Y siguió caminando.

En su viaje a quién sabe dónde, pasaba por bares y restós con gente cenando en la calle, o bebiendo algo, o simplemente conversando animadamente. Otros,  como hipnotizados, miraban sus celulares solamente.

Su mente y su visión periférica captaban todo y trataban de retenerlo todo.  Imaginaba sus historias, sus desvelos, sus ansiedades y sus deseos más ocultos. “Interesante ejercicio” pensó para sí mismo.

Ensimismado en esos pensamientos, siguió caminando sin rumbo. Sin quererlo había comenzado una pequeña mejoría en su estado. El imaginar las historias de la gente, lo había ayudado a comenzar a salir de sus insondables abismos. Definitivamente le había hecho bien salir y caminar sin rumbo.

Las calles de Haedo, y la noche, parecían envolverlo y acompañarlo. Miró hacia arriba, y,  a pesar de las luces de la ciudad, pudo ver un cielo estrellado, y pensó que la luz que veía de esas estrellas había sido emitida, en algunos casos,  hacía millones de años.

“Que pequeños que somos” reflexionaba ante la inmensidad.   Seres pequeños, en un mundo que, comparado al Universo, era menos que un grano de arena.  Un grano de arena habitado por seres más pequeños aún, con problemas, amores no resueltos y sentimientos de abandono que vistos en perspectiva eran poco menos que nada.

 Esos pensamientos lo reconfortaron un poco, al ponerse, él mismo en perspectiva.

Y de repente, quitó su mirada de las estrellas, y la vió.

Resplandeciente y renovada, como una novia hacia el altar, con esa frescura que siempre tuvo, pero modernizada, acomodándose a los tiempos.

Escasos cien metros lo separaban de ella. Inconfundible, a pesar de su maquillaje, seguía siendo ella.

Sin dudarlo fue a su encuentro. Como un adolescente corriendo para ver a su primer amor, apuró el paso.

Era la vieja “Curva de Haedo”, el bar y pizzería que tantas veces lo había acogido desde su más temprana adolescencia.

Muchas tardes garabateando sus primeros versos, dedicados a la vida misma y a sus primeros amores. Ese olor a café que no podía apartar de su mente.

Esa mesa,  que siempre elegía frente a la ventana que da a la calle Rivadavia.

Esa mesa de café, hecha de esas maderas que hoy no se encuentran, desgastada de tanto usar y limpiar, que guardaba miles de historias y sueños. Era un poquito una parte de su historia.

Cuantas noches de Sábado, volviendo de los boliches bailables, lo vieron junto a sus amigos en esa mesa, conversando, riendo , contando sus historias, y devorando toneladas de esa pizza al molde, hoy difícil de encontrar.

El local estuvo cerrado muchos años, nunca supo bien porqué. Hubo muchas teorías, que los socios se separaron, que se fundieron, que la hiperinflación, y algunas historias  más. La realidad es que nunca se supo porque “la Curva” estuvo fuera de servicio tanto tiempo.

Pero nada importaba, ahí estaba, resurgiendo de entre sus cenizas como el ave Fénix.  Victoriosa y orgullosa, renovada.

Ahora con un nuevo nombre, para su gusto un poco tilingo y fuera de contexto. Pero  que en el fondo no le importaba como la llamaran. Para él siempre siempre sería  la vieja “Curva”,  y se encaminaba a encontrarse con su pasado. Tal vez el reencuentro con ese lugar tan querido, le devolviera un poco de paz.

Obviamente, el lugar estaba totalmente renovado, con elegantes mesas muy modernas y sillas acordes. Habían hecho otro salón y había mesas y sillas en la calle, protegidas de las inclemencias del tiempo por un elegante toldo.

No estaba la mesa, tal cual la recordaba, pero estaba el lugar frente a la ventana. Y una sonrisa le iluminó el rostro, ya que para su suerte, estaba desocupada.

Tratando que nadie advirtiera su ansiedad, apuro el paso, y, casi corriendo fue hacia “su” lugar, no fuera  cosa, que alguna persona se lo ocupara y le ganara de mano.

Finalmente lo alcanzó e internamente se sonrió como si fuera un atleta que acababa de romper su propio record de cien metros llanos.

Tomo asiento y se acomodó mirando hacia la ventana. Ahora sí. Estaba en donde quería estar.

Cerró sus ojos y se metió de lleno en sus recuerdos. Ni siquiera había notado la presencia del mozo, que lo aguardaba parado a su lado esperando su pedido.

El mozo tosió sutilmente, para dar a conocer su presencia, él abrió sus ojos,  y pidiéndole disculpas, hizo su pedido. El tradicional cortado en jarrito con una medialuna de grasa (casi le dice “lo de siempre”, pero por muy poquito no se lo dijo, “lo de siempre” fue hace más de cuarenta años).

El pedido llegó bastante rápido, le preguntó al mozo la clave del Wifi, y dándole las gracias, abrió su notebook, puso a su izquierda la libreta de apuntes y se dispuso a jugar con sus recuerdos y donde lo llevara la imaginación.

Miró a su alrededor, no había mucha gente, y comenzó a escanear a los comensales para rescatar alguna historia.

Llamó su atención una pareja joven, de unos 25 a 30 años, sentados uno frente al otro, con los signos de haber cenado, todavía en la mesa, hasta ahí todo normal. Pero había un detalle, pasaron varios minutos y ni se miraban, absortos cada uno en sus celulares. Siguió mirando y pasaba el tiempo y ni siquiera se hablaban.

Esto lo llevó a reflexionar sobre la soledad. Que era peor? Su soledad sola, o la soledad acompañados? Cerró sus ojos  nuevamente y comenzó a imaginar la historia de esa pareja.

 Abrió los ojos para comenzar a escribir,  y la vió, parada junto a él.

No había notado su llegada, y ni idea de cuánto tiempo permaneció ahí mirándolo.

Ella notó su sorpresa, le pidió disculpas si lo había asustado y con voz dulce y suave le pregunto si se podía sentar frente a él.

Lo había llamado por su nombre. Lo que lo sacudió más todavía.

No sabía que responder, estaba demasiado confundido, aunque, sin pensarlo aceptó. Lo que menos sentía eran ganas de hablar con nadie y mucho menos con una completa desconocida.

Pero la curiosidad fue más grande, lo había llamado por su nombre.

Pasaron unos minutos de tenso silencio, ella solo le limitaba a mirarlo, y él no se atrevía a articular palabra, todavía confundido.

Llegó el mozo y se paró junto a ellos.

“Querés tomar algo le preguntó” fue como un reflejo, sin pensarlo. A lo que ella asintió y le dio las gracias. “Solo un café con leche” le pidió al mozo.

No había tenido tiempo de mirarla bien, pero ahora lo hizo. Era una mujer, sin duda alguna, de extrema belleza, llamaba la atención con su sola presencia. De hecho él se dio cuenta que casi todos los hombres del local, la miraban a cada rato.

Tendría unos 45 años, o tal vez menos, nunca fue demasiado bueno en calcular las edades. Su cabello negro como la noche, lacio y cayendo sobre sus hombros le otorgaban un fantástico contraste a su piel blanca y sus ojos verdes.  Vestía normal, con un pantalón azul, y una camisa floreada. Calzada con unas sencillas “chatitas”. Nada exuberante su vestimenta. Sugería mucho, pero sin mostrar nada. Repasaba todos esos detalles en su mente que su vista analítica no había dejado escapar.

De todas formas, el sintió que había algo mágico en ella, no sabía muy bien porque, apenas la había visto. Pero su sexto sentido casi nunca fallaba.

 

“Como sabés mi nombre?”, le preguntó.

Te conozco hace mucho fue su respuesta. “Te leo desde mucho antes de lo que vos imaginas”. Él no entendía nada.

“Sigo todo lo que escribís, y te siento en cada palabra. Tenés la rara virtud de conmoverme,  Se quien sos y lo que sentís. Lo que no decís lo escribís”.

“Y te volviste inalcanzable, prisionero de la jaula que vos mismo creaste”

Él se recostó en la silla, restregó sus ojos quitándose los anteojos. Esto debía ser alguna broma de alguien, pensó inmediatamente.

Ella comenzó a relatarle cada uno de sus cuentos, resumidos, y se encargó de darle la explicación exacta de lo que él quería trasmitir a través de ellos.

No podía ser cierto, demasiado fantástico, ni en sus cuentos de ficción había imaginado algo así. Lo había dejado sin palabras.

Ella volvió a romper el silencio. “Porque esos ojitos están tan tristes?” le preguntó. Ya era mucho, ella lo había descubierto, entre incómodo e incrédulo, bajó su mirada, resignado.

No se atrevía a  mirarla a los ojos. Era demasiado, una lágrima comenzó a resbalar por su mejilla.

Ella se levantó de su asiento, se le acercó, lo beso en la frente y escribió algo en la libreta de apuntes a su izquierda. El apenas la miró. Estaba totalmente desarmado.

Luego de unos minutos, levantó la mirada, necesitaba saber su nombre, quien era, como lo había encontrado, y que quería. Él estaba como un lienzo en blanco. No entendía nada. Demasiado vulnerable, más aún de lo que estaba, lo dejó el encuentro.

Ella había desaparecido, así como apareció, como devorada por la tierra, como un fantasma que irrumpió en su vida. Y lo había dejado sin palabras.

Tardo unos minutos en reponerse, miró infructuosamente a ver si la veía por algún lado, pero nada. Definitivamente no estaba.

Se levantó rápidamente de su mesa, no era la vieja mesa,  pero ahora tendría otra historia.

 No espero al mozo, fue hasta la barra a pagar, cargó su mochila, y salió rápidamente del lugar.

Los pensamientos que siguieron fueron imposibles de describir, la confusión era muy grande.

Pero su mente racional, educada en el pensamiento científico, encontró rápidamente una respuesta.

Sin duda se había quedado dormido en el bar y todo fue producto de un sueño. Demasiada fantasía.

Esa respuesta lo dejó conforme..

Al otro día, luego de una noche de insomnio,  revisando su libreta de apuntes, vió una letra que no era la suya.

Era un nombre y un número de teléfono.

 


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