LA DAMA DE LA LLUVIA
La noche caía en Haedo, y la lluvia había comenzado con la
fuerza de un susurro insistente, hasta convertirse en un torrente incesante que
lo envolvía todo. Era una lluvia extraña, casi viva, como si llevara consigo
secretos susurrados en cada gota. Las calles
brillaban bajo la luz de la
moderna y recién instaurada iluminación Led, y el sonido acompasado del agua
golpeando las ventanas llenaba el aire.
En el centro de la ciudad se encontraba la vieja “Curva” de
Haedo. Un restaurant y pizzería de estilo antiguo.
Su fachada
ennegrecida por los años se erguía desafiante ante la tormenta. Dentro, un
grupo de parroquianos intentaba refugiarse del diluvio. Entre ellos estaba
Juanjo, un periodista local, enamorado de las historias de su ciudad que
investigaba los rumores sobre la
misteriosa “Dama de la Lluvia”, un espectro que, según las historias locales,
aparecía solo durante tormentas como aquella.
Uno de los mozos, de mediana edad, con la intención de, tal
vez, matar un poco el aburrimiento, dado que con ese tiempo y a esa hora,
difícilmente entrarían más clientes al local, se acercó a la mesa de Juanjo, y
sin que este lo pidiera comenzó a relatarle la leyenda:
“Dicen que hace más de cien años, una mujer llamada Clara,
desapareció durante una tormenta como esta. Se suponía que iba a casarse, pero
nunca llegó a la iglesia. Su novio la buscó por días, hasta que encontraron su
vestido de novia flotando en la laguna” (que en ese tiempo ocupaba, la hoy muy transitada Av. Juan B. Justo).
“Desde entonces, cuando la lluvia golpea con fuerza, algunos
juran haber visto a una mujer con un vestido blanco caminar por las calles,
llorando”.
Juanjo escuchaba con atención mientras anotaba en su
libreta. El viento silbaba contra las paredes del local, y por un momento, una
sombra fugaz pasó junto a la ventana. Se levantó, intrigado, y miró
hacia afuera, pero, justo en ese preciso instante, se produjo un corte de luz,
lo que dejó al lugar completamente a oscuras.
El periodista, acostumbrado a observar la realidad, pensó
que se trataba del reflejo de un relámpago. Por lo que restó importancia al
hecho.
Los empleados del lugar se apresuraron a encender luces de
emergencia, y el mozo, trajo una vela que apoyó suavemente sobre la mesa.
La luz de la vela, le daba al lugar un aspecto entre
misterioso y romántico.
Cuando el mozo colocó la vela, notó que una joven se había
sentado a su mesa.
El periodista se echó instintivamente para atrás, entre
sorprendido y aturdido.
“Perdón, no quise asustarte” le dijo la joven, “solo busqué un refugio en esta tormenta y no
había ninguna mesa vacía”
“Está bien” dijo Juanjo, “no hay problema, podemos compartir
la mesa”
“¿Crees en esas historias? “—le preguntó la joven sentada a
su lado.
A pesar de estar sentada,
se notaba que ella era una joven alta, de pelo negro hasta los hombros.
Su vestimenta no decía nada en particular, un vestido blanco, holgado, muy casual. Totalmente
empapada por la lluvia. Pero de una palidez que llamaba la atención. Detalle
que Juanjo no pasó por alto, pero lo atribuyó a la débil luz de la iluminación.
“No lo sé”, respondía Juanjo. “Pero hay algo en estas
leyendas que siempre guarda un grano de verdad. Quiero descubrir qué es”.
Alrededor de la medianoche, la tormenta alcanzó su punto
álgido. Los truenos retumbaban como tamboriles en el cielo, y los relámpagos
iluminaban brevemente el paisaje en sombras. El periodista, obedeciendo a su
instinto, incapaz de contener su curiosidad, decidió salir. Se cubrió con un
abrigo y se deslizó en la noche, ignorando las advertencias de los otros.
Dio una última mirada hacia adentro antes de salir, y notó
que la joven ya no estaba en la mesa.
La lluvia lo golpeó con furia desde el momento en que cerró
la puerta. Caminó por las calles vacías, observando cada esquina y cada
ventana. Fue entonces cuando la vio.
Allí, en medio de la plaza, bajo el antiguo roble que se alzaba
como un guardián de la ciudad, justo enfrente de su vieja y querida escuela
primaria, estaba ella: una figura alta y esbelta, envuelta en un vestido blanco
que brillaba como si tuviera luz propia. Su cabello caía en cascada oscura,
pegado a su rostro por la lluvia, y sus ojos vacíos miraban hacia la distancia.
Era “La Dama de la Lluvia”.
Él, se acercó lentamente, con el corazón latiendo con
fuerza. Cuando estaba a pocos metros de ella, la mujer giró la cabeza y lo
miró. En ese instante, sintió un escalofrío recorrer su espina dorsal. Su
mirada no era humana; estaba cargada de una tristeza profunda, insondable.
La figura no respondió. En lugar de ello, comenzó a caminar
hacia donde antiguamente se situaba la laguna
Juanjo la siguió, ignorando el peligro.
Al llegar a la calle Juan B Justo, donde antiguamente estaba
la laguna, ella se detuvo y giró hacia él. Con su voz, un murmullo apenas audible entre
la lluvia, le dijo:
“Busco lo que me robaron”.
Inmediatamente la calle se transformó en una laguna, rodeada
de altos juncos y pastizales. Exactamente como su abuelo le había contado que
se veía antiguamente.
No pudo dar crédito a lo que veían sus ojos. Tal vez sería
una alucinación, pensó.
No obstante y juntando todo el coraje posible, con su cara
en un rictus que reflejaba la incredulidad y el miedo, le preguntó:
“¿Qué te robaron? ¿Qué estás buscando?”
La figura señaló hacia el agua, y en ese momento, el
periodista vio algo que lo dejó helado. Flotando en la superficie de la laguna,
iluminado por la luz de un relámpago, había un collar de perlas.
Él se arrodilló y extendió la mano para tomarlo. El agua
estaba helada, y cuando sus dedos tocaron el collar, sintió un tirón desde las
profundidades. Era como si algo o alguien intentara arrastrarlo. Con un
esfuerzo desesperado, logró recuperar el collar y retrocedió, cayendo de
espaldas en la orilla.
Cuando miró hacia donde estaba la Dama, ella había
desaparecido. La laguna también.
Guardó el collar entre sus ropas y se dirigió rápidamente a
su casa empapado y temblando.
Al otro día, la tormenta se había disipado.
Buscó en su biblioteca entre todos los libros que tenía que
contaban la historia y las leyendas de Haedo, que, por cierto, eran muchos.
Y buscó y buscó por horas, hoja por hoja, palabra por
palabra. Hasta que al fin, luego de varias horas encontró una respuesta.
Uno de los libros llamado “la historia oculta de Haedo”
mencionaba en un párrafo la historia de Clara Martinez, la joven que
desapareció la noche de su boda, durante una
tormenta terrible que azotó a la ciudad.
Nunca encontraron su cuerpo. Solo un vestido blanco flotando
en la laguna.
Sus padres, presos de una profunda tristeza, decidieron
crear una tumba en su honor, en el viejo cementerio de Morón. Como para tener
un recuerdo de ella y un lugar donde llorarla.
Habiendo leído lo suficiente, él decidió que iba a
encontrar esa tumba.
No fue fácil, tuvo que revisar antiguos registros, y aun
así, le costó mucho encontrar el lugar.
Dio muchas vueltas por el cementerio, pero tanta
perseverancia, al final tuvo su premio.
Ahí estaba.
Una tumba antigua y semi derruida, ennegrecida por el paso
del tiempo. Rodeada de tumbas antiguas y una frondosa vegetación.
Casi inenteligible, dado que estaba muy borroso, se podía
leer el nombre “Clara”
La había encontrado.
Muy cuidadosamente colocó el collar sobre su tumba, se alejó
unos pasos hacia atrás bajando la cabeza en señal de respeto.
Una brisa cálida lo envolvió, y por un instante, creyó escuchar una voz lejana que susurraba:
“Gracias”.
Desde aquel día, aquellos que ven a Clara las noches de
tormenta, aseguran que lleva una hermosa sonrisa en su rostro, y un collar de
perlas en su cuello.









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