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FRESQUITA LA MAÑANITA

Por Esteban Ferrari

Juan de la Cruz, era un sobreviviente de la “campaña al desierto”. Y el verdadero protagonista, junto a mi abuelo,  de esta fantástica historia.

 “La denominada “Campaña del Desierto”, conquista militar de los territorios indígenas libres de la Pampa central y la Patagonia Argentina,  en el último cuarto del siglo XIX, encabezada por el general Julio Argentino Roca contra los indígenas de la Patagonia entre 1876 y 1879, es,  tal vez,  el evento principal de la épica militar de la formación del Estado, el territorio y la población argentina modernos.

Según los antiguos manuales de historia, la “Conquista del desierto” fue una acción ofensiva contra los “salvajes” con el objetivo de confirmar la dominación argentina. Los textos entienden que la medida fue la más lógica desde el punto de vista militar y que significó el exterminio casi total del indio.

Asimismo –en especial en los últimos treinta años– ha sido referencia creciente de la crítica social, académica y específicamente indígena e indigenista de las políticas estatales en torno a la población aborigen del país.” (1)

.“Remingtones” (fusiles marca Remington) y cañones, contra lanzas y boleadoras. No era difícil adivinar el desenlace.

Venciendo la tentación, de hacer evaluaciones críticas de la historia, dejo las mismas al lector, no obstante, quise transcribir este párrafo,  para poner en contexto la historia que contaré a continuación, y cuyos ribetes, rondan por lo sobrenatural.

En realidad Juan de la Cruz, no era el nombre que le habían dado sus padres en lengua Tehuelche. Ellos lo llamaron “Páten Hámel (zorro chico)” (2)

Su nombre “cristiano” se lo habían dado los misioneros jesuitas, que generalmente acompañaban al ejército, y  lo salvaron de una muerte segura, cuando,  con sus apenas 8 años, armado con una lanza y rodeado de sus hermanos muertos, casi mata a dos “milicos” (soldados), cuando intentaban agarrarlo, mientras el resto del grupo ya lo tenía apuntado con sus “remingtones”.

No fue casualidad su nombre Tehuelche, dado que poseía la astucia y la rapidez del animal citado.

 

(1)                  Fuente: Escolar Diego y otros: Guerras de la Historia Argentina - La “Campaña del Desierto” (1870-1890): notas para una crítica historiográfica. Repositorio Institucional CONICET Digital. Edit. Ariel, (2015).  Extraido en:

https://ri.conicet.gov.ar/handle/11336/107601#:~:text=Resumen,y%20la%20poblaci%C3%B3n%20argentina%20modernos

(2)              Fuente: Lista Ramón “Viaje al país de los Tehuelches”, 1879. Extraido en:

https://pueblosoriginarios.com/textos/lista/viaje_vocabulario.html

 

 

Juan se crió con los jesuitas, donde aprendió el castellano y algunas costumbres de la “civilización”. Aunque nunca pudo dejar de sentir su sangre y manifestarla a través de diversas actitudes.

 Jamás durmió en una cama,  siempre lo hizo al “sereno” (aire libre), raramente se tapaba y si lo hacía era con una manta fina y rudimentaria de color rojo que siempre llevaba con él.

Casi nunca usaba calzado, y un párrafo aparte para su sombrero, redondo de ala ancha, gris con una cinta negra que rodeaba su parte superior y casi nunca abandonaba,  adornando su larga cabellera negra, la que terminaba en forma de trenza, bien al estilo aborigen.

Tenía la fortaleza y la agilidad de su raza, y, aunque era de pocas palabras, su inteligencia no se quedaba atrás, aprendió a leer y a escribir en poco tiempo,  por ejemplo.

Se quedó con los jesuitas hasta los 15 años, donde aprendió casi todo lo relacionado con las tareas del campo, cuestión que le facilitó mucho su búsqueda de trabajo, en su recorrido por las distintas estancias de la pampa, adonde lo llevó su espíritu libre e indomable.

Justamente, en “La Alborada”, situada a unos pocos kilómetros al sur de la ciudad de Santa Rosa, capital de la Provincia de La Pampa, Argentina, es donde conoció a mi abuelo materno, Don Natalio Esteban Fuentes, quien administraba esta estancia y fue la persona que lo contrató para trabajar como peón de la misma.

Simpatizaron dicen, desde el primer momento.

Lamentablemente, nunca conocí a mi abuelo materno, murió antes que yo naciera, la historia increíble que estás a punto de leer, me fue trasmitida por mi abuela y algunos detalles los conocí a través de  mi madre.

Don Natalio Esteban, era un hombre pulcro en su apariencia, vestido casi siempre  de traje y corbata negros, y camisa de un blanco que podía reflejar la luz del sol.

 En cuanto a su personalidad, siempre fue honesto y puntilloso en su trabajo.

 Reflejaba prolijamente en un libro de actas todas las actividades, los gastos y las necesidades de la estancia que administraba. Dicen, que no se le escapaba ningún detalle.

Esta forma de ser lo acomodaba perfectamente a  su puesto, donde tenía,  entre otras tareas, que lidiar con las difíciles y variopintas personalidades de los gauchos contratados como peones.

Las labores del campo eran duras, comenzaban un poco después de las 4 de la mañana, luego de la tradicional ceremonia del mate acompañado por galletas recién horneadas por la cocinera del establecimiento como  desayuno.

Era costumbre que los peones se reunieran en la cocina a cumplir con el ritual, mientras charlaban e intercambiaban historias.

 

Desde ahí, podía verse la inmensidad de la llanura, la negrura de la noche y las estrellas brillando en ese cielo diáfano, no contaminado por las luces de la ciudad. Grandes ventanales y una puerta de madera maciza con su parte central vidriada permitían la observación.

Especialmente llamaba la atención entre tanta inmensidad, el árbol solitario, un ciprés, donde Juan acostumbraba pasar la noche y se podía ver perfectamente desde ese lugar.

Mi abuelo siempre llegaba puntual a participar de esa pequeña reunión del desayuno, y generalmente lo hacía primero, para distribuir las tareas del día y segundo,  para tomar conocimiento del sentir de los peones.  Contrariamente a lo que sucedía en otras estancias en ese lugar se procuraba que ellos estuvieran cómodos y nada les faltara.

Esos hombres duros y curtidos por la rudeza de las tareas, tenían un sentido de la lealtad y del compañerismo admirable. Habían adoptado a Juan como uno más. Aunque en ese momento el hombre ya era bien grande, y se notaba en su cabellera antes negra como la noche y ahora gris.

 Sumaba a su aspecto algunas arrugas que curtieron el sol y el duro clima del campo.

 Nunca nadie se atrevió a preguntarle la edad. Entre ellos corría el comentario que tenía más de 80, aunque su fuerza y capacidad de trabajo eran  comparables  a la de cualquier hombre más joven.

 Si bien la mayoría de los peones  eran supersticiosos y paradójicamente también casi todos ultra religiosos y creyentes,  casi nada podía asustarlos o correrlos de su natural calma y parsimonia. Más allá de alguna “luz mala” que cada tanto veían y de la cual me ocuparé particularmente en otra historia, y, forma parte del núcleo  central de esta.

Era el comentario  obligado que casi susurrando relataban casi siempre en la ronda de mate.

Las personas que han vivido o pasado algún período vacacional en la llanura pampeana, conocen, al igual de lo que sucede en el desierto,  las variaciones térmicas del día con respecto a la noche.

En invierno particularmente las noches son sumamente frías, con una “escarcha” (especie de nevisca) que pinta de blanco prácticamente toda la llanura, los pastizales y los escasos árboles.

Esa madrugada, de la historia que nos ocupa, fue particularmente fría, con una temperatura  de varios grados bajo cero,” el frío se sentía en los huesos”, decían los paisanos. Corría el mes de Julio, pleno invierno en el hemisferio Sur.

Mi abuelo llegó como siempre,  puntual a las 4,  “emponchado” (localismo argentino con referencia a una indumentaria típica de las zonas rurales y luego trasladada también a la ciudad: El “poncho”) y tiritando de frío al bajarse de su Ford “T”, que no poseía, obviamente,  calefacción.

Se dirigió raudamente a la cocina a buscar el maternal calor del “hogar” a leña que también servía para calentar el agua del mate y cocinar las galletas, pero inmediatamente notó algo extraño:

Faltaba Juan.

Todos los peones miraron al unísono a mi abuelo. “Don Natalio, falta Juan”, le dijo uno de ellos casi buscando una respuesta en sus ojos.

Él estaba preocupado también, sabía que era muy raro, pero debía mantener la postura y mostrar calma ante tanta incertidumbre.

“Se debe haber quedado dormido, estaría cansado” dijo sin demasiada convicción interna pero tratando de que su voz y su tono sonaran tranquilos  y conciliadores.

“Sigamos con el mate, ya va a venir”.

Los gauchos murmuraban casi imperceptiblemente entre ellos y cada tanto se hacían la señal de la cruz.

Y el tiempo pasaba.

Inevitablemente cada tanto miraban en dirección al ciprés donde Juan había pasado la noche y solo se percibía un bulto blanco, como todo el campo, donde  la escarcha  solo permitía ver un poco de la punta del sombrero gris entre la noche y la bruma. No se notaba ningún tipo de movimiento que denotara alguna señal de vida.

Alguno tendría que acercarse, porque el tiempo seguía pasando, todos lo sabían pero nadie se atrevía a decirlo.

Natalio pensaba y pensaba, aunque no dejaba traslucir sus pensamientos: “Un hombre grande, durmiendo al aire libre, con este frío” la conclusión no era difícil de imaginar.

Todos seguían inmóviles y sin saber qué hacer. Con excepción de la cocinera, que, aferrada a su rosario, y munida de una lámpara a kerosene, se atrevió a transitar los 40 o 50 pasos que los separaban del ciprés y del cuerpo de Juan.

Cuando estuvo casi al lado, se agachó y trató de ver si respiraba, inmediatamente se dio vuelta y salió corriendo hacia la cocina  llorando, sin dejar de hacerse la señal de la cruz, repetía a los gritos: “Está muerto, está muerto”.

El silencio que le siguió al hecho, fue demoledor. Mi abuelo nunca había pasado por algo así y mientras trataba de aquietar sus pensamientos dudaba entre ir a buscar al médico del Pueblo, al Comisario o al cura. O el mismo acercarse al cuerpo.

Cuando ya casi había tomado una decisión, sucedió.

Por unos segundos el cuerpo de Juan fue envuelto por una luminosidad amarillo-verdosa, que así como apareció, se esfumó en la nada.

La mitad de los peones, salió corriendo en todas las direcciones. “La luz mala” gritaban mientras corrían.. “Vino a llevarlo”…..

La otra mitad permaneció inmóvil sin decir palabra.

Y justo en ese momento notaron el movimiento.  Indudablemente Juan se movía, no solo se movió sino que se levantó y comenzó a caminar lentamente hacia la cocina.

Fue demasiado.

El desbande fue total, todos corrieron a esconderse,  a excepción de mi abuelo que en una admirable muestra de coraje,  o tal vez, una parálisis momentánea, producto de la situación, que le impedía moverse,  permaneció incólume en su asiento.

La puerta de la cocina se abrió, Juan entró, se sacudió la escarcha del sombrero, y casi simultáneamente se frotó las manos diciendo:

“Fresquita la mañanita no?”

Mi abuelo solo atinó a imitar una sonrisa.

 

En memoria de Don Natalio Esteban Fuentes, el abuelo que nunca conocí y me hubiera gustado mucho.


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