EL ABICHADO

Esteban Ferrari

    


Este cuento ha sido seleccionado para formar parte de la Antología Internacional "Ecos de terror II



La Pampa se abría interminable bajo un cielo celeste profundo, casi vivo, de esos que parecen no tener fondo ni origen. El viento soplaba entre los pastizales como si quisiera borrar las huellas de lo que alguna vez fue humano. En esas soledades, donde la tierra parece oír y guardar los secretos de todos los muertos, se levantaba la estancia La Merced, una construcción vieja de paredes gruesas y ventanas pequeñas que miraban al horizonte con desconfianza.

Don Celestino Perez era el administrador. Hombre de bigote espeso y mirada cansada, había aprendido a desconfiar del silencio. Llevaba más de veinte años al frente de la estancia y, aunque conocía cada palmo de la tierra, nunca había terminado de entenderla. Decía que la Pampa era como una bestia dormida: mansa a simple vista, pero lista para devorar a quien se descuidara.

Entre los peones había uno que destacaba por su silencio y sus ojos hundidos, un hombre que parecía cargado de siglos: Juan de la Cruz. Nadie sabía bien de dónde había salido. Algunos murmuraban que era descendiente de los ranqueles sobrevivientes de la llamada “Campaña al Desierto”, aquel exterminio que había barrido con pueblos enteros. Lo habían encontrado casi muerto, años atrás, en las ruinas de una antigua misión jesuítica, y fue el propio Don Celestino quien lo había llevado a la estancia.

El cura del pueblo, el padre José Francisco Rodríguez Nunes, solía visitarlos cada viernes para celebrar misa en una pequeña capilla improvisada junto al galpón de los aperos. Era un hombre joven todavía, pero su fe se había ido marchitando como una vela sin aire. Había visto demasiada miseria y poca esperanza; demasiadas muertes que ni Dios parecía atender. En el fondo, dudaba de todo, incluso de sí mismo.

Todo comenzó una noche de verano, cuando el aire traía olor a tierra quemada y los grillos callaron de golpe, como si algo invisible les hubiese robado el aliento. Los peones volvían del campo cuando encontraron a Juan de la Cruz arrodillado frente al pozo viejo, murmurando palabras que nadie entendió. Tenía los ojos en blanco y las manos cubiertas de sangre seca. Don Celestino intentó hablarle, pero el hombre respondió con una voz que no era la suya, una voz áspera, gutural, que salió de lo profundo del pecho:

―Él ha vuelto... el que duerme bajo la tierra.

Esa noche nadie durmió. Juan fue llevado a la habitación del fondo, y,  debido a sus movimientos espasmódicos, y para su propia seguridad fue atado de pies y manos.

 El párroco fue llamado de urgencia.

 ___________

 

 El padre Rodríguez llegó al amanecer, con la sotana empapada de sudor y un crucifijo apretado entre los dedos. Lo que vio lo dejó sin palabras. Juan de la Cruz se retorcía sobre la cama, murmurando frases en un idioma que sonaba como un canto indígena mezclado con blasfemias. Cuando el cura le acercó el crucifijo, el hombre rió. No una risa humana, sino un chillido animal que hizo temblar las paredes.

―No es él quien habla, dijo Don Celestino con un hilo de voz.

El padre asintió, temblando. Algo en su interior se quebró, pero aún no sabía qué.

__________

 

Durante los días siguientes, el aire de la estancia se volvió pesado. Las vacas morían sin razón aparente, los perros aullaban mirando hacia el corral vacío y los peones juraban escuchar pasos durante la noche. Uno de ellos, Ramírez, dijo haber visto una sombra caminando sobre el techo del galpón. Otro, el más joven, amaneció con marcas en el pecho, como si alguien le hubiese arañado en sueños.

El párroco decidió quedarse. Dormía poco y rezaba mucho. Sin embargo, las oraciones parecían perderse en el aire caliente. A veces, mientras leía el breviario, sentía que alguien lo observaba desde la oscuridad del pasillo. El propio Don Celestino, que jamás creía en esas cosas, comenzó a despertar con pesadillas: siempre el mismo sueño, el campo cubierto de fuego y una figura de ojos negros avanzando entre las llamas.

Una tarde, mientras el viento soplaba desde el sur trayendo olor a tormenta, el cura entró al cuarto donde yacía Juan. Lo encontró en calma, mirando hacia el techo.

―Juan ―dijo con cautela―, ¿me oís?

El hombre lo miró. Por un momento, pareció reconocerlo. Luego sonrió y dijo:

―No soy Juan. Juan murió hace tiempo.

El párroco retrocedió, helado.

― ¿Quién habla entonces?

La voz respondió, serena:

―El que nunca se fue. El que ustedes dejaron enterrado sin nombre.

 ___________

 

A partir de esa noche, todo empeoró. Los peones comenzaron a enfermar, a hablar solos, a discutir entre ellos sin motivo. Algunos se marcharon aterrados, otros juraron que algo se les metía en el cuerpo mientras dormían. La palabra “abichado” comenzó a circular entre ellos. En la región, ese término se usaba para referirse a un animal (o a veces una persona) con una herida infectada por gusanos. El término también se usa para describir a alguien  que había sido tocado por el mal, al que llevaba dentro una entidad que no era suya. Un abichado era alguien en quien el diablo había hecho su nido.

 El cura, agotado y sin respuestas, decidió intentar un exorcismo. Era consciente de que ya casi no creía, pero no le quedaba otra cosa. Aquella noche, el cielo se cubrió de relámpagos y la estancia entera pareció temblar. Los peones encendieron cirios y se santiguaron con miedo. Juan, atado a la cama, se retorcía como si algo lo quemara por dentro.

El padre Rodríguez comenzó la letanía con voz firme, pero cada palabra parecía volverse contra él. La habitación se llenó de un olor nauseabundo, mezcla de azufre y carne podrida. Las ventanas se abrieron de golpe y una corriente helada apagó las velas. En la penumbra, la voz del poseso retumbó, grave, burlona:

― ¿Vos también dudás, padre? ¿Creés que tu Dios vendrá a salvarte?

El cura sintió que el suelo le fallaba bajo los pies. En su interior, algo lo llamaba por su nombre, una voz antigua que conocía sus culpas y sus deseos más secretos. Cayó de rodillas, sudando. Don Celestino  corrió a sostenerlo, pero el cura gritó como si le arrancaran el alma. Los peones, aterrados, intentaron sujetar al abichado, que ahora se reía con la boca abierta, mostrando una lengua negra como el hollín.

El viento golpeó las puertas. Las imágenes de los santos cayeron al suelo y se astillaron. El padre levantó el crucifijo, pero su mano temblaba tanto que apenas podía sostenerlo.

― ¡En el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo, te ordeno que salgas de este cuerpo! ―gritó.

Entonces Juan de la Cruz se arqueó hacia atrás, y de su garganta salió un alarido que no era de este mundo. La cama se levantó unos centímetros del suelo, y las paredes comenzaron a sangrar, una humedad roja que bajaba desde el techo. Los peones gritaban oraciones, pero las palabras se mezclaban con blasfemias. En medio del caos, una risa resonó en todas partes: no salía de Juan, ni del cura, ni de ninguno de los presentes. Era el eco de algo inmenso, antiguo, que se burlaba de todos ellos.

De pronto, el silencio. El cuerpo de Juan cayó inerte. El párroco, jadeando, se dejó caer al suelo.

―Está hecho ―susurró Don Celestino.

 Pero el cura no respondió. Tenía los ojos fijos, perdidos en la nada. Uno de los peones intentó ayudarlo a levantarse, y entonces vio algo terrible: una sombra, pequeña y oscura, moviéndose bajo la piel de su cuello, como si algo se arrastrara por dentro. El hombre retrocedió horrorizado.

El padre se incorporó lentamente. Su voz era otra.

―No se equivoquen... el alma que clamaba por salir no era la de Juan.

La habitación se llenó de un frío insoportable. Los peones huyeron, tropezando entre sí. Don Celestino  quedó paralizado, mirando cómo el párroco extendía los brazos, y sus ojos se volvían negros, completamente negros.

___________

 

En los días que siguieron, la estancia quedó abandonada. Nadie volvió a ver al padre Rodríguez, ni a los pocos peones que sobrevivieron. Don Celestino fue encontrado semanas después, vagando por los caminos de tierra, cubierto de polvo, murmurando siempre la misma frase:

―No era un exorcismo... era un llamado.

__________

 

Con el tiempo, los pobladores comenzaron a contar la historia del abichado de La Merced.

Algunos decían que Juan había sido solo un recipiente, un cuerpo elegido por algo que dormía en la tierra desde antes de la llegada de los hombres. Otros afirmaban que el verdadero abichado había sido el cura, porque en su duda el demonio encontró refugio.

Los años pasaron y la estancia se derrumbó. El campo se la tragó, como hace con todo. Sin embargo, los más viejos aún juran que, en noches de tormenta, se oyen rezos mezclados con risas  y que una figura con sotana camina entre los cardos y el viejo cementerio, murmurando plegarias en una lengua que nadie conoce.

Nadie se acerca al lugar. Los animales rehúyen ese pedazo de tierra. Dicen que en el pozo viejo, el mismo donde todo comenzó, todavía se siente el aliento del que nunca se fue.

Y en los pueblos de la Pampa, cuando alguien cambia de golpe, cuando los ojos se le ponen vidriosos y empieza a hablar solo, los ancianos no dudan en decirlo con voz baja y resignada:

―Está abichado.

Porque el mal no muere. Solo cambia de cuerpo.

Y hay cosas que, en la llanura infinita, nunca terminan de ser enterradas.

 Los acontecimientos se siguieron sucediendo hasta la actualidad, porque en el predio de la vieja estancia, donde el viento parece detenerse y los grillos no cantan, sobre todo en las noches  de tormenta, algo se sigue moviendo.

Pero esa es otra historia.

Comentarios

Entradas populares