MISTERIO EN LA ANTÁRTIDA

Esteban Ferrari

ARGENTINA

Este cuento ha sido seleccionado para formar parte de la Antología Internacional "Ecos del terror", publicado en Amazon.

E

n el extremo más remoto del planeta, donde el viento corta como un vidrio y el cielo parece un espejo del hielo, se extiende la Antártida: un continente de sombras congeladas y horizontes infinitos. Allí no hay fronteras visibles, solo la vastedad blanca que todo lo cubre, el susurro del hielo moviéndose de forma lenta bajo su propio peso, y el eco de los hombres que alguna vez creyeron poder dominar ese desierto helado.

Dentro de ese territorio impenetrable, en el sector austral reclamado por la Argentina —entre los meridianos 25° y 74° Oeste y al sur del paralelo 60°—, se levanta la «Antártida Argentina»: un fragmento de patria en el fin del mundo. Son tierras de glaciares milenarios, montañas ocultas bajo la nieve, y mares que respiran vapor helado. Allí se alzan las bases que resisten el invierno perpetuo; nombres como Esperanza, Marambio o Belgrano rompen el silencio del mapa como faros de una presencia humana casi fantasmal.

Nada parece moverse en ese confín, sin embargo, bajo el hielo se esconden secretos que ni el tiempo ni el frío han podido borrar. En ese escenario donde el sol apenas roza el horizonte y la noche se prolonga durante meses, comenzará el misterio.

 El viento del sur soplaba con la fuerza de un presagio.

En la inmensidad blanca de la Antártida Argentina, nada parecía tener vida. Todo era silencio, un silencio tan profundo que podía confundirse con la eternidad. Solo el crujido del hielo bajo las orugas de los vehículos militares rompía la monotonía sonora de aquel paisaje inhumano.

Era el verano austral de 1987, y el sol —si podía llamarse así— apenas rozaba el horizonte con una luz oblicua y metálica. Desde la Base Marambio, el general Noél Fuentes había recibido la orden de dirigir una misión hacia el interior helado, en las cercanías de la «Base Belgrano II», donde un grupo de científicos había detectado una extraña anomalía magnética bajo el hielo. El fenómeno no correspondía a ningún registro geológico ni metálico conocido. Algunos lo habían atribuido a la caída de un meteorito; otros, con menos ciencia y más superstición, hablaban de algo que no debía ser perturbado.

 El general Fuentes no era hombre de leyendas.

Había servido en el sur, combatido en terrenos duros y conocido el miedo bajo otras formas. Pero algo en ese destino blanco lo inquietaba. Había una vibración en el aire, un presentimiento helado que no provenía del clima.

La misión partió en tres vehículos oruga, con ocho hombres bajo su mando. Les acompañaba también un joven geólogo del CONICET, el doctor Ezequiel Lamas, encargado de operar los sensores de profundidad. Tras tres días de avance sobre la planicie helada, llegaron a la zona indicada: una extensión infinita donde el cielo y la tierra parecían fundirse en una sola cúpula de hielo.

—Aquí está —dijo Lamas, al tiempo que clavaba una sonda en el suelo—. A unos treinta metros. Es... metálico. Y enorme.

El general lo miró con una mezcla de desconfianza y fascinación.

—Proceda, doctor. Pero recuerde: no queremos otra historia para el diario.

Las máquinas comenzaron a perforar. Durante horas, el estruendo del taladro resonó bajo el cielo inmóvil; levantaba un humo blanco de hielo molido. Cuando por fin se detuvo, el hueco reveló una superficie oscura, lisa, imposible. No era piedra ni metal terrestre. Tenía la textura de algo que el tiempo no había tocado.

Lamas bajó con una linterna y susurros de excitación.

—No es una roca. Es… algo construido. Como una cápsula.

 El general descendió detrás de él. La luz oscilante reveló símbolos grabados en la superficie: líneas y espirales que parecían moverse, como si el metal respirara bajo la luz.

De pronto, un ruido sordo retumbó desde el interior. Un golpe, como un puño que golpeara la pared desde adentro.

— ¡Retroceda! —ordenó Fuentes, mientras el aire se helaba aún más.

Pero fue tarde.

 Una grieta se abrió con un sonido metálico, a la vez que liberaba una exhalación oscura: un vapor que no era niebla ni humo, sino algo más denso, más antiguo.

Uno de los soldados, el cabo Fernández, cayó de rodillas. Gritaba. Sus ojos se tornaron negros como la obsidiana. Luego, el silencio. Se desplomó sobre la nieve, sin vida.

El general apuntó con su arma al interior del objeto —una vieja pero efectiva Magnum .45— aunque sabía que las balas serían inútiles contra lo desconocido. Vació el cargador de su arma sin lograr ningún resultado.

Algo emergió del hueco: una forma alta, encapuchada, de contornos difusos, hecha de sombra y hielo. Sus movimientos no obedecían las leyes del cuerpo, sino las del miedo.

La criatura emitió un sonido, profundo, gutural, ahogado.

Su voz era un eco de muchas voces, todas susurraban en una lengua imposible, resonaban dentro de las cabezas de los hombres. Dos soldados más cayeron, con los ojos sangrantes. Otro disparó al aire y corrió hasta perderse en la ventisca.

Nadie lo volvió a ver.

Fuentes comprendió que aquello no pertenecía a ningún tiempo humano. Ni siquiera era de este mundo. Era un ser «atrapado», una entidad que dormía desde antes de los hielos, quizás desde el origen de la Tierra, cuando el fuego aún moldeaba la forma del abismo.

El doctor Lamas, tembloroso, recogió un fragmento de metal del objeto.

—General… esto no puede ser real. No existe material así en ningún catálogo. No puede oxidarse, no existen signos de deterioro…

—Entonces entiérrelo —respondió Fuentes con voz ronca—. Y olvídelo.

Pero la criatura avanzaba en sus mentes. Sin salir de la cápsula, era un dilema cuántico. Una paradoja. Cada paso suyo apagaba la luz, como si devorara el resplandor. El aire se volvió pesado, inmóvil. Los relojes dejaron de funcionar. El hielo alrededor comenzó a derretirse, revelaba un agujero profundo, un abismo de sombras.

Fuentes comprendió que no podría matarla, pero sí contenerla.

—Escúchenme —ordenó con voz firme a los sobrevivientes—. Vamos a sellarlo. Con fuego, con explosivos, con todo lo que tengamos. Nadie debe saber lo que vimos.

 El grupo obedeció entre el pánico y la fe. Mientras la criatura se alzaba, mostraba su forma amorfa, el general activó el sistema de detonación. En un último instante, la sombra pareció fijar su mirada en él: no con ojos, sino con conciencia. Una conciencia que prometía regresar.

El estallido fue cegador.

El hielo se cerró sobre sí mismo, como una herida que se cura de golpe. Luego, el silencio. Un silencio aún más profundo que antes.

Pocas horas después, al cortarse los canales de comunicación y no recibir señales de la misión de Fuentes, fue enviado un helicóptero de la Base «Esperanza», que divisó el campamento destruido. No había señales del objeto. Solo cuerpos congelados y fragmentos de equipos cubiertos por la ventisca.

Encontraron al general Noél Fuentes vivo, aunque apenas consciente. Sus labios estaban morados y su piel tenía el tono de los muertos.

Cuando lo rescataron, solo dijo una frase:

—Nada debe despertar ahí abajo. Nada.

  Fue trasladado a Buenos Aires. Jamás volvió a hablar del tema.

El informe oficial habló de un «accidente geológico» durante una perforación experimental. Los documentos se sellaron bajo clasificación militar.

No obstante, cada invierno, los satélites detectan una débil emisión de energía en las coordenadas de aquella expedición. Un pulso rítmico, casi como un corazón.

Algunos científicos lo atribuyen a movimientos del hielo.

Otros, en voz baja, dicen que «algo late bajo la Antártida».

 

 

 En 1995, un operador de radio en la Base San Martín captó una transmisión extraña en una frecuencia muerta. Era un murmullo. Una señal incomprensible que se repetía una y otra vez.

El operador creyó que era el viento. Pero al reproducir la grabación a baja velocidad, descubrió algo más:

En el fondo del sonido, una segunda voz susurraba en un idioma desconocido, seguido de un golpe seco… como si alguien golpeara una pared desde adentro del hielo.

El general Noel Fuentes murió en silencio, años después, en una casa de las sierras cordobesas. Dicen que en sus últimos días hablaba con alguien invisible, y que en sus noches de fiebre pedía cerrar todas las ventanas, temeroso del viento del sur.

Cuando lo enterraron, su hijo encontró entre sus pertenencias una pequeña caja metálica. Dentro, un fragmento oscuro de forma irregular, idéntico al que el doctor Lamas había recogido en la Antártida.

Nadie supo cómo llegó a sus manos.

Esa misma noche, la caja desapareció.

 Y en algún lugar del sur del mundo, bajo kilómetros de hielo eterno, «algo» pareció moverse.

El hielo crujió.

Luego volvió el silencio.

 


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