LAS GARGOLAS

Esteban Ferrari

ARGENTINA


Este cuento ha sido seleccionado para formar parte de la Antología Internacional "Ecos del terror", publicado en Amazon.



N

o sabría decir por qué, aquella noche, el aire tenía un peso diferente.

Haedo, mi barrio de siempre, parecía suspendido en una calma inusual, casi expectante. Las luces LED de las modernas luminarias apenas lograban perforar la neblina que reptaba sobre el asfalto, y cada sonido —el ladrido lejano, el zumbido de un transformador, el crujir de mis propias pisadas— se sentía amplificado, como si el mundo se hubiese reducido a ese instante.

Yo caminaba, como cada noche, con mi perra loba Alaska. Era un ritual. Ella avanzaba unos pasos delante, olfateaba los troncos de los plátanos que se alineaban en la vereda. Tenía el pelaje blanco y brillante, como sus primos del Ártico, y sus ojos parecían absorber la luz. Siempre me había acompañado sin miedo, pero esa noche noté que algo en ella estaba distinto: las orejas rígidas, la respiración contenida, el cuerpo tenso, como si percibiera una presencia invisible.

Fue entonces cuando las vi.

Dos adolescentes caminaban delante nuestro, unos veinte metros más adelante. Reían. Reían con esa despreocupación que sólo tienen los cuerpos jóvenes en la noche. Llevaban mochilas colgadas y un brillo extraño en la mirada, o eso me pareció desde lejos. Su risa, sin embargo, no era natural. Tenía un eco hueco, metálico, como si saliera de una caverna.

«Vamos Alaska», murmuré, intentaba ignorar la sensación que me recorría la espalda.

Avanzamos unos metros más, hasta que ellas, casi al mismo tiempo, se dieron vuelta.

Nunca olvidaré ese momento.

Las luces parpadearon y el aire se contrajo. Las risas se apagaron de golpe, y sus rostros —o lo que quedaba de ellos— comenzaron a mutar. Las bocas se estiraron en muecas imposibles, los ojos se hundieron hasta volverse huecos, y la piel… la piel empezó a adquirir un tono grisáceo, pétreo, como si la carne se solidificara desde adentro.

La loba gruñó con un sonido bajo y gutural.

Las figuras —porque ya no podían llamarse muchachas— se alzaron unos centímetros del suelo, como si el viento las levantara. Sus brazos se extendieron, y de sus omóplatos brotaron dos alas oscuras, de textura rocosa, que se desplegaron con un crujido mineral. Los rostros eran ahora máscaras de piedra, y sus risas regresaron distorsionadas, se propagaban por toda la calle.

Las gárgolas.

No eran esculturas inmóviles sobre catedrales ni adornos góticos de alguna iglesia vieja. No. Estaban allí, frente a mí, vivas, palpitaban y respiraban con un sonido semejante al roce de las piedras bajo la lluvia.

Retrocedí un paso. Alaska comenzó a ladrar de forma frenética, tiraba de la correa, pero yo no podía moverme. Una de las criaturas giró la cabeza con lentitud antinatural y me miró de manera directa. Sentí que sus ojos, profundos como cavernas, me atravesaban. Vi dentro de ellos una tormenta que todavía no había llegado: relámpagos azules, vientos furiosos, árboles arrancados de raíz.

De pronto, una ráfaga helada me envolvió. Las gárgolas se elevaron en un torbellino de polvo, y desaparecieron en dirección al cielo, perdiéndose entre las nubes que comenzaban a juntarse sobre Haedo.

El aire cambió esa madrugada.

Una presión insoportable pesaba sobre el pecho de todos los que aún estábamos despiertos. Los perros —no sólo Alaska— comenzaron a aullar desde distintos puntos del barrio, un coro agudo y desesperado. Los cables se agitaban solos, como si una fuerza invisible los hiciera vibrar.

Encendí la radio para distraerme, pero en todas las emisoras se oía la misma voz quebrada:

—Se recomienda permanecer en sus hogares. El Servicio Meteorológico Nacional ha emitido una alerta roja para toda la zona oeste del Gran Buenos Aires. Se espera un fenómeno sin precedentes…

 

 Apagué el aparato. No necesitaba más palabras. Afuera, el cielo se había vuelto un abismo de nubes negras, y la primera gota golpeó la ventana como un anuncio.

La lobita gimió. Me miró con un brillo que jamás le había visto: miedo.

El viento comenzó a soplar con violencia; arrastraba ramas, chapas, polvo. Las luces se cortaron. Desde la calle llegó el rugido del huracán —un sonido denso, casi orgánico, como si la tierra misma exhalara con furia.

Las horas siguientes fueron confusas.

Recuerdo que los vidrios estallaban, el techo parecía ceder, los gritos de los vecinos. El agua entraba por todas partes, y en medio de la oscuridad, juraría que vi sombras aladas cruzar el cielo. No eran aves ni restos de techos que  se desplazaban por el aire: eran ellas. Las gárgolas.

Sus siluetas se movían contra los relámpagos; planeaban sobre el caos. Algunas se posaban en los techos que aún resistían, observaban, inmóviles, como centinelas antiguos. Otras descendían entre los escombros.

Cuando todo terminó, el amanecer no trajo alivio.

La ciudad estaba irreconocible.

Las calles eran ríos; los autos, montañas de chatarra. Había cuerpos por todas partes.

Salí con Alaska, tembloroso.

El aire olía a ozono, a polvo y a muerte.

Y entonces las vi otra vez.

Decenas de gárgolas sobrevolaban el barrio en silencio. No había ya risa en ellas, sólo solemnidad. Descendían una a una, se posaban junto a los cadáveres y, con una delicadeza casi ritual, los alzaban entre sus garras. Algunos cuerpos desaparecían con ellas en el cielo; otros eran dejados a medio camino, en las azoteas, como si seleccionaran con cuidado a quién llevar.

Los sobrevivientes que se atrevían a mirar lo hacían con terror, pero también con una extraña fascinación. Nadie entendía nada.

Me quedé quieto, observaba. Una de ellas se acercó a pocos metros. Su rostro no era ya grotesco: tenía una tristeza antigua, infinita. Me miró y sentí que su voz no venía del aire, sino desde adentro de mi cabeza:

«No somos el mal… Somos el presagio».

Y con un batir de alas, se perdió entre las nubes.

Esa noche, cuando el silencio volvió, las gárgolas desaparecieron.

Las autoridades hablaron de un ciclón atípico, de corrientes convectivas, de una «tormenta perfecta» que había sorprendido a todos los sistemas meteorológicos. Pero yo sabía que no había sido sólo un fenómeno natural. Aquello fue un aviso.

Durante días, los noticieros repitieron cifras y teorías, mientras los vecinos recogían los restos de sus casas. Nadie mencionó a las criaturas. Tal vez no las habían visto. Tal vez nadie quiso creerlo.

Sin embargo, algunas cosas cambiaron para siempre. En los techos destruidos de las casas más antiguas, comenzaron a aparecer figuras nuevas: pequeñas esculturas de piedra, grotescas, con alas plegadas y rostros que parecían mirar al cielo. Nadie las talló, nadie las colocó. Solo estaban ahí al amanecer.

 Alaska olfatea el aire y las mira, con cautela.

Yo, en cambio, las observo en silencio. En ciertos momentos, me parece que sus ojos se mueven.

A pesar de todo nunca suspendimos nuestros paseos nocturnos. El viento suele traer a veces un rumor lejano, como el roce de alas contra el aire. Miro hacia arriba, entre las sombras de los cables y los árboles, y creo verlas tomar vida. No sé si me cuidan o me vigilan.

 Pero estoy seguro de algo:

Las gárgolas no se fueron.

Esperan.

Porque las catástrofes —como los secretos del cielo— nunca llegan una sola vez.

 

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