EL FORD “T”

Estiro su brazo para alcanzar la guantera del automóvil, y con mano temblorosa la abrió y tomó el revólver.

 El miedo le paralizaba el cuerpo. Su rostro, naturalmente pálido, había adquirido un rictus de terror y su palidez se acentuaba.

Doña Rosa era una mujer valiente. Una adelantada en muchos aspectos para su época (década de 1920): Hablaba tres idiomas, conducía su automóvil, era profesora de piano y de Francés y como si esto fuera poco era directora de una escuela primaria, que en ese momento dicho cargo, en lo profundo de la Pampa Argentina,  le obligaba a realizar muchas funciones. Dado que era una escuela rural debía oficiar de consejera, psicóloga,  curandera, enseñar y hacerse cargo de las tareas administrativas de la dirección.

En fin, un sinnúmero de funciones que asumía sin problemas.

Pero sus virtudes más notables eran su gran cultura general y su independencia. Atípicas totalmente para su época.

Tal vez una de esas virtudes, la independencia, la llevó a vivir esta experiencia peligrosa y al  mismo tiempo paranormal. Que luego contaría a sus hijas y a su único nieto. Dejando un registro meticuloso,  descripto en su cuaderno de apuntes, como acostumbraba a hacer.

Pasó mucho tiempo antes que pudiera escribir lo que pasó. El solo hecho de recordar el suceso, la paralizaba por completo, aunque,  luego de unos años se animó y su historia puede dar contexto a este relato.

Estaba casada con Don Natalio Esteban, administrador de estancia y empleado municipal, lo que los colocaba en una situación acomodada para la época. Hoy diríamos una clase media o media alta.

Tenían dos hijas, que, a la fecha del “encuentro” contaban con 4 y 5 años. María Rosa y Susana.

Las múltiples ocupaciones de ambos, los convertían en una familia atípica en Pehuajó (la ciudad donde vivían).

Super ocupados siempre, se parecían más a una familia de nuestra época que otra cosa.

Podríamos decir que Rosa, era una mujer “multitask”. Aunque ninguna de sus virtudes podría haberla preparado para lo que estaba a punto de vivir y la pondría en grave riesgo junto a sus pequeñas hijas.

 

Era una mañana de Diciembre. Ese viernes   era feriado y no trabajarían.

21 de diciembre exactamente, solsticio de verano. Noche y día mágicos para diversas culturas.

Detalle no menor en este día tan especial. Fecha de rituales y “apariciones” especiales.

El día anterior Rosa había tomado la decisión de ir a visitar a su mamá, que vivía a unos 200 kms, en la ciudad de Santa Rosa, capital de la Provincia de la Pampa.

Natalio no podía acompañarla debido a sus obligaciones con la estancia.

“No importa” dijo ella. Iría sola como tantas veces lo hizo.

Se aprestó para el duro viaje.

Pueden imaginar el estado de los “caminos” en esa época. En algunos tramos apenas unas huellas dejadas por los carros de los arrieros.

Y el noble pero rústico Ford “T”, demasiado duro para esos caminos y encima su carrocería toda abierta, protegiendo a los usuarios solo con una lona que oficiaba de techo.  Sus ruedas, un poco  más gruesas que la de una bicicleta no garantizaban mucho confort.

Era un auto destinado a la clase media de la época, popularizando la producción en cadena.

La noble y valiente madre preparó a sus dos pequeñas, un pequeño bolso con lo imprescindible, algo de comida para el viaje. Y lo más  importante, el revólver antiguo que oficiaría de protección ante la presencia de alguna fiera, que las había y en gran número, sobre todo pumas (autóctonos de la pampa) y manadas de perros salvajes.

A las 3 AM de esa madrugada inició lo que luego se convertiría en un increíble viaje a lo desconocido.

Quería que el amanecer la tomara en el camino y de esta manera aprovechar lo más posible la luz solar.  

 

 

 Habían transcurrido casi dos horas de iniciado el viaje. Eran casi las 5 AM, todavía no había empezado a clarear el día, y una niebla típica de esta región rural lo envolvía casi todo.

Las pequeñas luces del Ford T parecían rebotar contra la niebla, lo que daba a la escena un aspecto irreal.

Más allá de las luces del auto, todo era oscuridad en la llanura inmensa. La negrura parecía devorarse al vehículo y este avanzaba en ella como si se tratara de una cápsula en el espacio.

Las chiquitas dormían plácidamente acurrucadas en el asiento de atrás.

Si bien nunca perdía su proverbial calma, Rosa comenzó a sentir cierta inquietud. Tal vez como una sensación premonitoria de que algo estaba por ocurrir.

“Ojalá amanezca rápido y comience la levantar la niebla” pensó para sí misma, mirando nerviosamente hacia todos lados.

Cuando de repente sucedió.

El automóvil se detuvo instantáneamente como alcanzado por un rayo, todo dejó de funcionar.

Rosa tomó de entre sus cosas una pequeña vela que siempre llevaba para situaciones de emergencia. La encendió, y su tenue luz dio una sensación aún más fantasmagórica a la escena.

Volteó para mirar a sus hijas. Seguían durmiendo.

Bajó del auto y se dispuso a intentar a poner nuevamente en marcha el vehículo.

Estos autos recibían el familiar apodo de “Ford a bigote” dado que se los ponía en marcha accionando una manija en la parte delantera.

Colocó la pequeña vela sobre el paragolpes y comenzó a dar vueltas la manija.

Una vez, dos veces, tres, cuatro y nada. Siguió así un rato largo hasta que su físico no dio más.

La situación era desesperante, ahí en el medio de la nada con sus hijitas durmiendo atrás. Un sudor frío comenzó a recorrerle el cuerpo.

“No debo desesperar” se decía a ella misma. Subió al auto y decidió esperar la mañana para ver si podía conseguir algún tipo de ayuda.

 

 

 Estaba comenzando a quedarse dormida, cuando un sonido la despertó abruptamente.

No tardó mucho hasta identificar que era. Una mujer como ella nacida y criada en La Pampa reconoció casi de inmediato el rugido de un puma hambriento.

Tomó con mano temblorosa el revólver de la guantera y se sentó junto a sus hijas. Despertó a las nenas y las sentó detrás del asiento delantero. De esta manera tendrían algo más de protección.

Apuntó a la oscuridad y lo que escuchó terminó de desestabilizarla, aunque no se podía permitir ese lujo en esa situación tan delicada.

Un segundo rugido proveniente del lado opuesto al primero indicó la presencia de un segundo puma al acecho.

Era raro,  porque normalmente el puma es un depredador solitario.  Nunca caza en grupo.

Pero esta vez no se dio esa lógica. Tal vez se trataría de una pareja, o de una madre con su hijo.

Lo real y concreto es que tenía dos pumas merodeando al inmóvil Ford y seguramente hambrientos.

Su corazón comenzó a latir muy fuerte presintiendo que los pumas se acercaban cada vez más. Si decidían atacar al mismo tiempo las tres tendrían una  muerte segura. Con suerte y con un muy buen tiro le podría acertar a uno, con el otro no tendría nada que hacer.

Y justo en ese momento, cuando Rosa daba todo por perdido, sucedió lo impensable.

Se escuchó el galope intenso de un caballo, y una tenue luz,  entre blanca y azulada ilumino la oscuridad.

Los pumas, presas de un pánico irracional salieron corriendo hacia ambos lados del camino perdiéndose en la oscuridad.

El jinete se detuvo a mirarlas solo unos metros más allá del auto, y ella pudo distinguir un uniforme militar antiguo típico de la “campaña del desierto”, de casi un siglo atrás. Y si bien no alcanzó a ver bien su rostro ya que el mismo estaba como desconfigurado percibió que era un hombre de mediana edad con barba y la típica gorra militar de los oficiales del ejército de esa época.

 

 Con los ojos llenos de lágrimas, Rosa alcanzó a balbucear un “gracias” abrazando a sus hijas y saludándolo con la mano.

A lo que el jinete le respondió con el típico saludo militar, llevando su mano derecha a la sien.

Luego de ese breve instante, el jinete se alejó cabalgando velozmente hacia la oscuridad.

Rosa tardó unos minutos en reponerse, pero decidió bajar del auto e intentar ponerlo en marcha nuevamente.

Y cuál no sería su sorpresa cuando,  el motor del Ford comenzó a andar luego del primer intento.

Debía retomar el viaje, pero ahora mucho más tranquila, porque tuvo la certeza que el “coronel” las estaría cuidando.

 

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