PUNTA INDIO
Hay un lugar mágico,
donde el río color de león parece devorarse al mar.
Pero finalmente no lo devora, se asimilan, se fusionan y las
aguas azules del mar se van volviendo más oscuras, sin perder su transparencia.
Es muy extraño y es difícil describirlo con palabras, pero sucede. Y terminan
como dos amantes bailando en perfecta armonía.
La naturaleza y su permanente reacomodación, tan simple y
tan complejo a la vez.
Solo son 160 km de la gran ciudad, aunque cuando llegás ahí,
parece que una fuerza cósmica te hubiera trasladado a otra dimensión. Con
paisajes muy particulares muy difíciles de ver en otras regiones de nuestro
país.
Sus playas, amplias, hasta donde se pierde la vista y su
arena gruesa de color amarillo oscuro que terminan en un bosque subtropical, lo
que da al lugar un aspecto parecido al
que imaginó Tolkien para su “tierra media” más precisamente el país de los
Elfos.
Muchas noches, sobre todo en verano, mientras estoy sentado
en la playa, mirando el horizonte y el cielo nocturno despojado de las luces de
la ciudad, espero verlos llegar en sus
embarcaciones majestuosas. Aunque nunca sucedió, al menos hasta ahora.
Pero, en este lugar, misterioso y mágico, suceden otras cosas.
La siguiente, es una historia que me sucedió hace poco, y de
no haber sido verdad, parece extraída de uno de los cuentos del genial autor.
El lugar se sitúa, haciendo las veces de puerta de entrada a la bahía de Samborombóm.
Lugar no menos mágico por cierto, y conocido por una gran cantidad de mitos y
leyendas de las cuales me ocuparé en otras historias.
Alejado de las rutas plagadas de turistas, que, en los
comienzos de la temporada de verano inundan el camino hacia nuestra costa
atlántica en busca de un poco de paz para sus almas, atribuladas por el ritmo
frenético de la gran ciudad.
Nunca entendí como podés encontrar paz en lugares atiborrados
de personas, esperando largos lapsos de tiempo para almorzar o cenar en los
restaurantes, sin lugar para estacionar y haciendo cola para casi todo.
Tal es la locura que se vive en nuestra costa Atlántica en
la temporada estival. Pero bueno, cada uno es libre de sus elecciones, y lejos
de mi espíritu está efectuar juicios de
valor.
Afortunadamente, Punta Indio, se sitúa en un lugar bastante
alejado de las autopistas. Necesitas transitar varios kilómetros por un camino de tierra,
arena y ripio para alcanzarlo. Ahí no llegan los turistas, y, además de su paisaje completamente virgen,
está casi desolado, es decir, prácticamente no vive gente ahí.
Debe su nombre tan
particular a que en el pasado, varias tribus aborígenes, concurrían a este
sitio para llevar a cabo diferentes tipos de rituales, dada la energía
particular que rodea la zona y los avistamientos de luces que suceden hace
miles de años.
En la Provincia de Buenos Aires, habitaban más de una decena
de pueblos aborígenes, entre ellos Mapuches, Tehuelches, Rankulches, Guaraníes
y Querandíes.
Estos pueblos originarios, a través de su sabiduría
milenaria, conocían perfectamente lo que sucedía ahí.
En mi caso particular suelo escaparme a ese lugar en
cualquier época del año, ya sea para encontrarme a mí mismo, o simplemente
poder escribir mis historias sin las interferencias de la gran ciudad.
He visto muchas cosas ahí para las cuales no encuentro explicaciones lógicas,
y, aunque estoy acostumbrado a ellas, lo
que sucedió esa noche me conmovió hasta el alma, y, aún hoy, varios meses
después sigo preguntándome que fue aquello y porque me sucedió.
Todo sucede por algo suele decirse por ahí. Lamentablemente,
no encontré una razón lógica aún, y mi hemisferio derecho sigue en conflicto
con el izquierdo. Suelo atribuirlo a mi molesta manía de encontrar una
explicación racional para todo.
Solo tengo efímeras aproximaciones, y, tal vez, mi capacidad de observación me
permitió unir las señales que el Universo me concedió el honor de ver, con el origen de algunos mitos
milenarios.
Solo preguntas y más preguntas. Pocas certezas.
Cada vez que necesito “escaparme” a ese lugar, suelo
detenerme en un pueblo llamado “Verónica” para aprovisionarme durante los días
que tengo pensado quedarme. Es el típico almacén de Pueblo donde podés
encontrar todo lo adecuado para tus necesidades básicas. Con el agregado que
Felipe, el dueño del almacén, es el dueño también de las pocas cabañas que
existen en el lugar, donde generalmente me alojo.
Siempre sale a recibirme con una sonrisa, dado que al ser
tan remoto el lugar, se escucha el ruido de mi auto estacionando en la puerta
del local. Los pocos lugareños que llegan a comprar lo hacen caminando o en
bicicleta, por lo cual, intuyo que es
fácil reconocerme.
Muchas veces lo llamo antes de salir para avisarle que voy, y para reservar la cabaña donde me alojo casi
siempre. Pero está vez no. Literalmente salí casi como escapando de la ciudad
sin tiempo para nada.
Solo llevé algo de ropa de abrigo, mi infaltable notebook y
mi libreta de apuntes, por si surgía alguna historia interesante.
La sonrisa de Felipe y su mano cálida siempre extendida, me
hicieron olvidar por un momento de mi complicada historia y de los motivos que
me hicieron salir huyendo de la ciudad.
“¿Cómo estás?” me pregunta Felipe sin dejar de sonreírme.
“Si viniste buscando una noche especial, no podías haber elegido una mejor”.
(Conociendo mi costumbre de registrar y escribir sobre las cosas que pasan
aquí).
Me dejó pensando, no atiné a responder nada.
Atento a mi lenguaje corporal Felipe, me recuerda: “Noche de
luna llena. Séptimo día del séptimo mes. Suelen pasar cosas extrañas”
“No tenía la menor idea” Respondí. “Solo vengo a buscar un
poco de paz”.
Felipe, con esa sabiduría de los hombres de campo, solo
atinó a asentir con la cabeza.
Luego, cuando rememoré los acontecimientos, tuve la
sensación que Felipe, sabía o intuía que algo inusual me iba a suceder.
Terminó de prepararme el pedido, agregó dos frazadas y un
paquete de leña seca para el hogar de la cabaña, dado que esa noche se
presentaba bastante fresca.
“Te agregué una botella de ese licor de chocolate que te
gusta. Te va a servir para el frío”, y
sin borrar su sonrisa, nos estrechamos nuevamente la mano y, sin yo esperarlo
acerca su cara a mi oído y me susurra “Tené cuidado, por favor. Cualquier cosa
me llamás por teléfono”
Le agradecí el gesto y el licor, lo miré entre risueño y
curioso, entendiendo sus temores místicos.
No obstante, preste
atención a sus palabras. Estaría atento.
Solo unas 12 cuadras separan la cabaña del Almacén de
Felipe.
“Demasiado cerca, pero demasiado lejos en caso de una
emergencia”, pensé.
Se encuentra a unos 300 mts del Río-Mar, en medio de un
hermoso bosque, mantenido mínimamente, el sector de la cabaña, por Felipe. Como para que la naturaleza no
tome posesión del lugar.
Lo bueno de esa cabaña es que te permite ver la costa y la
playa hasta donde se pierde la vista. Una posición estratégica si las hay.
Serían las 18 hs., el sol había comenzado a caer y hacia el
oeste la negrura de la noche avanzaba inexorablemente. Comenzaba a hacer frío.
Una suave brisa hamacaba las copas de los árboles. Eso, más
el juego de luces y sombras normal a esta hora del día le daba al lugar un
aspecto muy especial.
Intenté alejar los pensamientos negativos y las palabras de
Felipe. Este lugar tiene un áurea especial que siempre sentí como positiva.
Esta noche, a pesar de las advertencias, ni siquiera pensé que algo malo
pudiera sucederme. Definitivamente el lugar me adoptó. No iba a ser hoy la
excepción, confié en mis instintos y en la protección que siempre me acompaña.
Me dispuse a preparar la cabaña para la noche, aunque la
idea era pasar un par de horas en la playa, hasta que el sueño y el frío lo permitieran.
Encendí el hogar a leña y a los pocos minutos danzaban unas
llamas mágicas iluminando toda la cabaña.
Preparé la cama con una triple frazada y al terminar me
sentí feliz de estar nuevamente en ese lugar alejado casi de todo. Solo yo y
mis pensamientos. Olvidándome casi por completo de los motivos que me habían
llevado a tomar la decisión de “escaparme” de la gran ciudad.
Evidentemente este lugar tenía un efecto mágico y sanador en
mí.
La noche, y sus ruidos extraños, a esta altura, ya habían ganado la contienda.
Preparé el café, en la vieja cafetera que siempre me dejaba
Felipe, como para acompañar la jornada.
Me sentía tranquilo y en paz. Ni por asomo imaginaba lo que
estaba por venir.
Alisté mi notebook y mi cuaderno de notas sobre la humilde
mesa de madera, para mi vuelta de la playa.
Me gusta escribir lo más inmediatamente posible, las experiencias
que suelen ocurrirme en ese lugar. Pero
eso sería luego, y si de verdad ocurría algo. Nunca estoy seguro de nada.
Terminé mi frugal cena, compuesta por un sándwich de salame
y queso, caseros claro, con ese saborcito de los productos de campo. Y luego mi
infaltable café, que bebí escudriñando el horizonte por la ventana.
Me preparé para salir, tomé una reposera de las dos que hay
en la cabaña, me abrigué a conciencia con la ropa térmica que había llevado, y
dejé la comodidad del lugar para adentrarme en la noche.
Séptimo día, del séptimo mes, pensaba mientras caminaba
lentamente hacia la playa. “¿Cuál sería su significado?” Mucho más rápido de lo
que pensaba iba a obtener respuestas.
Desplegué la reposera y me acomodé lo mejor que pude en la
arena gruesa, para disfrutar de esa noche de cielo diáfano, plagado de
estrellas que no pueden verse desde la ciudad y , experimentar lo que el
Universo decidiera mostrarme.
No pasó mucho tiempo hasta que lo vi.
Era una luz, que desde mi perspectiva se veía pequeña. Cambiaba constantemente de color: Rojo, amarillo, verde y azul, que se repetían
en forma sincrónica. Pasó raudamente de norte a sur, imposible calcular su
velocidad.
A los pocos segundos volvió a pasar, pero esta vez de sur a
norte, perdiéndose en el horizonte.
Al cabo de un lapso de tiempo parecido, apareció de nuevo
desde el norte, casi de la nada.
Pero esta vez se detuvo.
Parecía que me observaba y que sabía que yo estaba ahí.
Comenzó a acercarse y su contorno comenzó a agrandarse
frente a mí. Hasta que en un momento se detuvo de improviso y de su interior
salió como un tipo de esfera transparente.
Definitivamente la esfera se acercaba a mí. Quedé como
petrificado, no podía moverme, aunque mi mente permanecía clara y lúcida.
Pude percibir algo dentro de la esfera, que al principio no
pude distinguir que era.
Pero, a medida que se iba acercando, me di cuenta que dentro
de la esfera había una figura humanoide.
Llegó a unos 5 mts de donde estaba y entonces pude
percibirla con más nitidez.
Claramente era un ser femenino, de altura y contextura
física normales, cabello de un color indefinido, infundada en un traje azul ceñido
al cuerpo, con guantes negros. Llevaba en sus manos una especie de bastón corto
coronado por una luz blanca.
Yo seguía completamente paralizado aunque mi mente siguiera
funcionando normalmente y atenta a los detalles.
La figura dejó la esfera flotando, dando la sensación
que atravesaba el artefacto, y se acercó hasta casi tocarme. Pude ver, a
tan corta distancia que desde su espalda salían como una especie de
dispositivos transparentes, que al principio pensé que eran alas, pero no, no
eran alas. Nunca supe lo que eran, y en verdad, estaba más preocupado por mi
parálisis temporal que por esos detalles.
El ser no dejaba de mirarme, y tenía una sonrisa casi
maternal, lo que me tranquilizaba bastante.
En un momento extendió su mano derecha y con su “bastón”
tocó mi cabeza. Inmediatamente sentí que podía moverme. Ella sonrió más todavía
tranquilizándome. Sentí en ese momento una infinita paz interior que inundaba
todo mi ser.
“No tengas miedo, no hemos venido a hacerte daño”. Sus
labios no se movieron, simplemente sus palabras resonaban claramente en mi
mente en un español perfecto.
Se me ocurrieron tantas preguntas, mi mente era un
torbellino, pero no me salían las palabras.
“Venimos de muy lejos”, claramente me leía la mente. “Y
estamos aquí para observar su evolución y cuidarlos”.
“Ustedes son nosotros”
No sé porque, inmediatamente vino a mi mente, un pasaje del
Génesis: “Hagamos al hombre a NUESTRA imagen y semejanza”
El ser volvió a regalarme una dulce sonrisa y se limitó a
asentir con la cabeza.
“Volveremos a vernos, ya tendrás señales”, su voz resonando
en mi mente, respondiendo nuevamente la pregunta sin que necesitara expresarla.
El ser movió su mano a manera de despedida y nuevamente tocó
mi cabeza con su pequeño bastón. Quedé totalmente dormido.
Al despertar, me encontraba acostado en mi cabaña, era el
amanecer. Me sentía totalmente relajado
y en paz. Y con profundas dudas de que si lo que pasó, fue real o el producto
de un sueño.
Pero al mirar por la ventana veo la reposera en la playa.
No, no había sido un sueño.
Necesité imperiosamente sentarme a escribir.
Abrí mi notebook. ¿Pero cómo empezar? ¿Qué título llevaría
esta experiencia?
De repente un rayo de lucidez llegó a mi mente:
“MI ENCUENTRO CON UN HADA, O, EL ORIGEN DE UN MITO
MILENARIO”










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