LA ABUELA DE LAS GALLETITAS

Ella era una mujer de edad muy avanzada. Vamos a llamarla Carmen.

Apenas podía con su alma y sus limitaciones físicas. Y además de una condición económica muy pobre.

Aunque su sonrisa iluminaba todo el servicio de Kinesiología del Hospital cuando llegaba. Siempre me gustaron su forma de reír, sus modales y su dulzura.

Su avanzada artritis Reumatoidea deformante en ambas manos, hacía  que el uso de los medios de transporte público de su casa al hospital fuera toda una hazaña. No podía sostenerse de ningún lado debido al gran deterioro. Deformidad, disminución de la fuerza muscular y todas esas consecuencias de la enfermedad que los kinesiólogos-fisioterapeutas conocemos muy bien.

Nunca supe como hacía, pero llegaba puntualmente los lunes, miércoles y viernes al turno asignado, del cual me ocupé personalmente que fuera a las 11.30 AM, para evitar la congestión de los medios de transporte y al mismo tiempo evitar las bajas temperaturas del invierno, que aumentaban su dolor.

No obstante, ella siempre con su sonrisa que marcaba las arrugas de su cara como líneas del tiempo. Siempre admiré su buen humor ante la dificultad física, su infaltable caricia y su beso al llegar y al retirarse. “Gracias hijo por ayudarme” me decía cuando terminaba de atenderla. Y mi corazón se llenaba de amor porque Carmen me recordaba a mis abuelas que ya no estaban conmigo.

Todos los viernes me traía una “Tita” y una “Rhodesia” envueltas en un delicado papel de regalo, y para mí  era el presente más fino y más lujoso que podía recibir junto a sus palabras “me estás ayudando mucho, me duele bastante menos”.  Sabiendo además del gran esfuerzo económico que significaba para una mujer de condición tan humilde.

Gracias abuela Carmen, estés donde estés, me enseñaste muchas cosas a mis 24 años y el primero como Concurrente de Hospital, sobre todo a sonreír ante la adversidad y a no bajar nunca los brazos.

Empecé a comprender algo del significado de la palabra “éxito” en nuestra profesión. A pesar de que este tipo de afección no tiene cura, pero sentí que nuestro trabajo podría mejorar la calidad de vida de otra persona.

Esteban

De “Historias de un Kinesiólogo de Hospital”

Imagen generada por IA, gentileza Pixabay.com

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