UNA HISTORIA DE NAVIDAD

            Por Esteban Ferrari

Para muchos estudiosos y revisionistas del tema, Jesús no nació la noche del 24 de diciembre, y lo fundamentan contundentemente.

Más allá de cualquier especulación, dejo el asunto a los especialistas. Sea por el motivo que sea, tal vez la proximidad del Solsticio de verano, con millones de festejos y rituales a lo largo y a lo ancho del mundo, es aceptada universalmente desde hace siglos, la fecha, como la del nacimiento del Salvador.

Lo que no podemos negar es que si existe una noche “mágica” es la del 24 de Diciembre. Llena de historias, relatos y rituales.

Esta es otra historia, una más, de Navidad:

Esa mañana del 24 de Diciembre, amanecí raro.

No dormí bien. Tuve sueños intrincados. Soñé con cosas que no suelo soñar, las mesas navideñas en la casa de 1ra. Junta, bajo la enorme parra, con el olorcito a pan dulce casero amasado por mi abuela y mi tía…olor, y sabor, que valga la aclaración, nunca más volví a percibir en ningún otro pan dulce.

Si, tal vez exagero un poco, pero es la verdad. Tal vez sea la conjunción de la mágica mezcla con el sabor familiar de las fiestas, una conjunción entre aromas y sentimientos. Y aunque nunca me lo planteé realmente, y, a pesar del paso de los años y de algunos recuerdos borrosos esos aromas viven en mí desde siempre.

Esa mañana me levanté lleno de esos recuerdos, de esa mesa grande y cálida de nochebuena,  de toda mi familia de la cual soy el único superviviente, y si bien los recuerdo todos los días, esa noche el sueño con ellos fue un poco extraño.

 Los veía, haciendo las tareas típicas de la preparación del encuentro familiar, pero sus rostros estaban diferentes, como desdibujados, moviéndose en cámara lenta y cada tanto mirando hacia mí, como si fuera el espectador de una película, mirando desde un segundo plano.

Cada tanto uno de ellos se acercaba a mí y me decía algo, y mi desesperación aumentaba ya que no podía comprender lo que intentaban trasmitir. Veía sus rostros borrosos y sus bocas que se movían,  claramente,  en un intento por comunicarse.

Yo intentando decir que no los entendía, pero no podía hablar, estaba como paralizado mirando la escena.

Uno a uno se iban acercando a mí.  Mi padre, mi madre, mi abuela, mi tía, mi tío y finalmente mi abuelo. No sentía miedo, algo dentro de mi sabía que no querían asustarme, solo comunicarse. Sentía una impotencia muy grande de no poder moverme y no poder decirles que no entendía lo que me intentaban decir.

Por último la figura de mi abuelo se aproximó más,  y sentí su mano en mi hombro que me transmitió un calor intenso, se acercó y me habló al oído, tampoco lo entendí, pero, la sensación fue tan fuerte que me desperté.

Estaba entre confundido y triste, quise volver a dormirme para volver a soñar con ellos y tratar de entender lo que decían, pero fue imposible. Demasiada emoción, demasiada adrenalina creo.

Nunca pude volver a conciliar el sueño.

Miré el reloj: Eran las 7 AM.

Decidí levantarme y aprovechar la hora para ir hasta la panadería y comprar el pan para la mesa de esa noche, donde me reuniría con mis hijos y nietos a pasar la Nochebuena, y ese pensamiento me hizo sentir un poco mejor. No podía fallarles con el pedido de ese pan especial que le gustaba tanto a mi hijo.

Y más aún ante la inminencia de su viaje a Italia, donde iría a trabajar y tal vez pasar el resto de su vida, junto a su familia, su esposa y sus dos hijos, o sea mis nietos. Intenté darle todos los gustos, y ese pan especial, que siempre me pide, era una forma de mimarlo.

Inmerso entre la angustia que me provocaba el viaje de mi hijo y tal vez la última nochebuena juntos, vaya a saber por cuanto tiempo, y el sueño tan raro que tuve, entré a la ducha caliente para reconfortarme y tratar de aclarar mi mente.

Me afeité rápidamente, tomé un frugal desayuno y salí a la calle tratando de no pensar, centrándome en el pan, algún regalito que me faltaba comprar y todas esas cosas que solemos hacer el 24 de Diciembre.

Mi natural agorafobia, se vió aliviada, ya que a esa hora, no circulaba mucha gente por las calles del centro de Haedo, entré solito a la panadería y pude cumplir con lo comprometido. Al salir me sentí como un atleta olímpico que pudo batir su propio record. Y me aferré a la bolsa de pan como si fuera el único y más preciado alimento sobre la tierra.

Terminé de hacer las compras que me faltaban, y me dirigí raudamente hacia mi casa, feliz por haber evitado las multitudes típicas de este día, donde generalmente la gente espera hasta último momento para adquirir todo lo necesario para la mesa del 24.

Pero algo llamó mi atención y me hizo detener abruptamente. Claramente había algo que no encajaba.

Sentí un llenado inusual en el bolsillo derecho de mi bermuda. No lo había notado hasta ese momento. Lo palpé inmediatamente, y lo que creí tocar era algo que no encajaba.

Definitivamente era un manojo de llaves extra.

Y, aunque algo en mi sabía de qué se trataba, me tomé un tiempo y  con algo de aprensión me dispuse a investigar el curioso e inesperado hallazgo.

Sabía lo que iba a encontrar, no me preguntes porque, pero lo sabía.

Retiro el manojo de llaves de mi bolsillo, y descubro que finalmente mi presentimiento era verdad.

Las llaves pertenecían a la casa de mis abuelos y mis viejos. Esa casa y ese lugar con la que había soñado esa noche.

Si bien lo presentía, un escalofrío recorrió mi columna desde la primera vértebra cervical, hasta el coxis. ¿Como habían llegado ahí? No recordaba haberlas tomado.

Inmediatamente mi mente analítica, formada en la ciencia: “realidad basada en la evidencia”,  comenzó a buscar respuestas lógicas.

Seguramente, pensé, entre los sueños raros, mi estado de ánimo, y el apuro, sin pensar, las puse en mi bolsillo al salir.

Está cuestión no me convenció mucho si tengo que ser sincero, pero, por el momento ofrecía una salida lógica a esta rarísima situación. Totalmente inusual.

Luego de mucho pensar, debido a los sentimientos que me unen a esa casa, decidí hace dos años ponerla en venta. Por lo que siempre tengo dos juegos de llaves en mi casa, y cada tanto voy, tratando  de mantenerla linda y en orden.

Solo siete cuadras me separan de la casa de mis abuelos, y el camino desde el centro de Haedo, y la ruta que tomé para hacer las compras me colocaban directamente en el camino que me llevaba hacia ella.

Pero lo que siguió al encuentro del manojo de llaves en mi bolsillo, fue casi tan o más fantástico.

En el punto exacto donde cruzo la calle y estoy a cuatro cuadras de la casa mis abuelos y casi tres de la mía sentí una sensación irrefrenable de desviarme y tomar para la casa de la calle 1ra, Junta.

Algo difícil de explicar con palabras, pero fue un deseo muy fuerte que me empujaba a ir hacia allá.

En ese instante decidí dejarme llevar, si algo o alguien me estaba pidiendo que vaya, no pensé en ofrecer resistencia.

Caminé las cuatro cuadras que me separaban de la casa familiar con apuro y ansiedad, no podía dejar de pensar en esa fuerza misteriosa que me empujaba.

Llegué hasta la puerta, miré hacia ambos lados para ver si estaba todo en orden. Me costó mucho encontrar la llave adecuada dentro del manojo, pero finalmente lo hice y presa de un medido nerviosismo y ansiedad abrí la puerta, la cerré tras de mí y con un poco de recelo entré a la casa.

En el patio central, donde festejamos las navidades durante muchos años, estaba todo en orden, me dispuse a entrar a la casa propiamente dicha, dado que lo había hecho por el pasillo del costado como medida de seguridad.

El interior de la casa estaba como siempre, ningún cambio, todo como lo había dejado la última vez.

Estaba todo bien pero de repente tuve otra sensación, tomé una silla y me senté en el patio familiar bajo la añeja parra, no sé muy bien porque lo hice, pero volví a entregarme a mis instintos.

Comencé a pensar nuevamente en las fiestas en ese patio. Los recuerdos venían a mí como oleadas, y me producían una sensación agradable.

Pero al mismo tiempo que mis pensamientos se sucedían uno tras otro, comenzó a apoderarse de mi un sueño tremendo, y no pude explicarme bien porque, pero me dejé llevar.

En principio lo atribuí a la mala noche que tuve y a lo mal que dormí. Pero ya estaba ahí y me entregué a esa cálida sensación.

El calorcito del sol y el cansancio de la noche hicieron lo suyo también y en pocos minutos estaba profundamente dormido.

Es difícil medir el tiempo en el lugar sin tiempo de los sueños. Pero calculo que en el momento que mi mente entro en estado “alfa” comencé a soñar y sucedió de nuevo.

El mismo sueño, el  mismo lugar, mi familia sonriendo, pero está vez podía ver sus rostros y oír sus conversaciones.

Podía moverme, pero no podía hablar, ellos sabían que yo estaba ahí, y me dedicaban unas dulces sonrisas mientras pasaban ocupados en sus tareas de preparación de la mesa navideña.

Me vi a mi mismo sentado y cuando dirigí la mirada hacia abajo note que mis piernas estaban un poco más flacas y llevaba puesto un pantalón corto, y unas zapatillas de esas que se usaban en el siglo pasado.

No sé porque no me sorprendí, era yo,  pero no era yo.

Mientras mi mente se ocupaba de entender, veo a mi abuelo que se acerca, tal cual  lo vi en el sueño de esa noche. Siento su mano cálida sobre mi hombro, se aproxima y me dice casi susurrando al oído: “No te preocupes, todo va a estar bien”.

Casi simultáneamente siento que su otra mano se introduce en el bolsillo de mi pantalón dejándome algo ahí.

Me miró y junto a una sonrisa me guiñó un ojo. Actitud que no me sorprendió, ya que con asiduidad me regalaba dinero y solía hacerlo de esa forma. Le devolví, cómplice, la sonrisa.

Justo en ese instante me desperté.

No puedo precisar con exactitud cuánto tiempo permanecí dormido, pero calculo que solo fueron unos pocos minutos.

Entre confundido y emocionado por lo  real del sueño, volví a mi casa muy rápidamente, tratando de no analizar demasiado.

Tenía dentro de mi sensaciones demasiados complejas para analizar en el resto del día, y necesitaba repensar  todo lo sucedido. Lo puse en un sector de la memoria para luego retomarlo.

Pasamos ese 24 en familia, y el mediodía del 25 como es la tradición.

Por la tarde volví a ponerme la bermuda que había utilizado durante las compras del 24 para pasear con mi perrita, y una vez en la calle, volví a notar algo extraño en ella. Más precisamente en el bolsillo derecho.

Palpo, introduzco la mano y extraigo un billete color violeta de mil pesos, moneda nacional, del siglo pasado. La clásica “fragata”, del año 1968.


Comentarios

  1. Me parece una narrativa muy interesante ya que cada frase, cada párrafo va adentrándose en mi ser y esa curiosidad de saber el desenlace me despierta lo que tengo en mi ser como termina el relato.
    Gracias Esteban Ferrari por hacer conocer y describir tu sueño. Feliz Navidad para todos 🙏 y un abrazo grande desde Ecuador 🇪🇨 Cuenca 🇪🇨.

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