EL RENAULT 12 Y LA TRAMPA DE ARENA
Por Esteban Ferrari
Alberto y Martín eran amigos desde su más temprana infancia.
Y como era de esperar, cuando el Papá de Alberto, compró el
departamento en Santa Teresita, una localidad costera en la Provincia de Buenos
Aires, Argentina, se fueron de
vacaciones juntos, para estrenarlo, en ese Enero de hace unos cuantos años.
Martín estaba feliz y excitado, dado que a sus 18 años,
nunca había conocido el mar, por ende, este sería su primer contacto. Sellando
definitivamente su amor por la playa, y todo lo relacionado con ella.
Jamás imaginaron, que esas vacaciones serían épicas, y su
recuerdo imborrable los acompañaría hasta hoy, aburriendo a propios y extraños,
con la repetición de lo vivido ese Enero, contándolo una y otra vez, en cada
reunión donde se encontraban.
Pero el hecho que nos ocupa, emblemático de ese momento, no
fue tantas veces contado. No me siento capacitado para describir el porqué.
Pero ellos no imaginaron tampoco que algo así les podía suceder.
Hoy, son dos señores
grandes, con poco pelo, pero sus sonrisas siguen firmes, a pesar de los golpes
de la vida, y su amistad, también, tan
firme como en aquellos años.
Martín trabajaba como empleado administrativo en el
ferrocarril Sarmiento, y había acumulado muchas horas extras, que si bien no se
pagaban, podían tomarse como vacaciones. Para él esto era la gloria, todo un
mes entero en la costa con sus amigos y en contacto con el mar. Felicidad
absoluta.
Los días que antecedieron al deseado viaje, estuvieron
llenos de preparativos, expectativas y ansiedades.
Comida poca. Dinero,
el justo y necesario para ir a bailar todas las noches, porque a los dos les
encantaba ir a bailar. Y vamos a ser sinceros,
el bailar por bailar no era lo importante, mucho menos ensayar el
“pasito” de moda, de hecho ninguno de los dos era un bailarín consumado.
Bastante “pataduras” los chicos.
El único, verdadero y fundamental motivo de ir a bailar era
conocer Chicas. Todo lo demás eran nubes de humo.
Aunque también debo mencionar, que a los dos les gustaba la
música, y con el tiempo se convirtieron en “Disc-Jockeys”, ganándose la vida
durante unos años con esa actividad (que también les permitía conocer chicas).
Por eso, les gustaba escuchar el trabajo del Disck-Jockey del lugar, y así
aprender de lo que pudieran escuchar.
Digamos que esto era lo único que los alejaba un poco de su
“objetivo” principal.
Juntos lograron una sociedad perfecta como trabajadores de
la diversión, en ese emprendimiento de pasar música en fiestas y eventos. Les
fue bastante bien, y, para chicos de su edad, lo obtenido les permitía pagar
sus gastos sin tener que pedir nada a sus padres. Más allá de que Martín, como
conté anteriormente trabajaba en el Ferrocarril, lo que lo convertía en
“millonario” (es un poco exagerado el adjetivo, pero es solo un giro literario
junto a una pizca de humor) y le permitió comprar su primer auto, un Fiat 600,
modelo 70, el clásico “fitito”, que luego se convertiría en el emblemático
“Daktari”, del cual me ocuparé en otra historia.
Alberto, que
estudiaba electrónica, se ocupaba de la parte técnica de la sociedad, “Curro’s
FF Argentina” se autobautizaron. El hacía milagros con cables y extensiones.
Encontraba agua en el desierto siempre, debido a la precariedad de los recursos
y materiales con que contaban.
Martín se desesperaba, cuando a último momento, la música
seguía sin salir, y una transpiración fría le empezaba a correr por todo el
cuerpo. “Hoy nos matan” pensaba para sí mismo. Pero, siempre Alberto sacaba un
conejo de la galera, y las cosas funcionaban. Con el tiempo Martín se
acostumbró a confiar en su amigo, y a no dar nada nunca por perdido. De hecho
todos los eventos siempre fueron exitosos y los objetivos fueron cumplidos: Que
la gente baile y se divierta.
Ese verano, en esa trampa de arena, y con lo desconocido
acechando, también tuvo que confiar en su amigo y sus destrezas, y una vez más
no lo decepcionó.
Hacia 4 días que habían llegado a la playa, sería arriesgado
mencionar la palabra “disfrutando”, ya que Martín, quien nunca había estado
expuesto al sol de la costa, sumado a la falta de experiencia, y a otros
factores como ir al mediodía a exponerse al sol, y a llenarse el cuerpo con un
aceite que estaba de moda y que les preparaban en la farmacia (aceite de coco
con iodo). Padeció de una gran inflamación por todo el cuerpo producto de la
energía de los rayos solares. Que, por suerte para él, no pasó a mayores y se
solucionó con unos pocos días de aislamiento.
Más allá de este hecho puntual, Martin iba igual a la playa
en sus días de aislamiento. Vestido y
con gorro. Lo que producía las risas y las bromas de sus amigos.
Definitivamente aprendió la lección, tiró a la basura el aceite de coco iodado
y se empezó a cuidar del astro rey.
El Departamento se encontraba a escasas 2 cuadras del mar,
en una playa casi céntrica. Lo que permitía a los amigos ubicarse en una
posición privilegiada para cumplir con otro objetivo principal, que era ver
pasar a las chicas caminando. Todos los caminos conducían a Roma.
Esa tarde, junto a la ronda de mate, se habían dado el lujo
asiático de comprar churros para acompañar a la infaltable infusión. Y mientras,
planificaban la noche, conversaban, se reían
y al mismo tiempo controlaban que nadie fuese a comer más de los 3 churros que
correspondían por persona.
Donde irían esa noche?
Luego de un rato de intercambiar ideas y de no ponerse de
acuerdo se tomó una decisión.
No tenían ni la menor idea que esa decisión iba a ser la que
los llevara a una aventura que los acompañaría para siempre.
Alberto y Martín, como siempre , juntos y de común acuerdo,
irían a “Morena” una Discoteca relativamente nueva emplazada al borde de la
Playa, en Mar del Tuyú, localidad vecina
a Santa Teresita, y de la cual la separaban unas 30 cuadras o algo así.
La ventaja es que había un micro que los llevaba gratis al
lugar y los traía de vuelta a un determinado horario, servicio este, el de la
vuelta, que los amigos nunca utilizaron.
Volvieron al departamento luego de la playa, se bañaron y se
prepararon meticulosamente para la noche de fiesta. Todo era alegría y buen
humor, a pesar que el resto del grupo había decidido ir a otro lugar a bailar,
la buena onda y la camaradería imperante hacía que todo estuviera bien entre
ellos.
A las 22 hs. comenzaron a desandar las pocas cuadras que los
separaban de la salida del micro que los acercaría a la “Disco”. Bromeaban y
jugaban a quien iba a salir a bailar primero o quien iba a conocer a la chica
más linda.
Puntualmente el micro arrancó según lo planeado a las 22.15,
lleno de jóvenes dispuestos a tener una noche de diversión. Recorrió en poco más
de 15 minutos las 30 cuadras que los separaban de “Morena”.
El frente de la Disco era impresionante, todo blanco, estilo
mediterráneo, con muchas plantas iluminadas desde abajo, lo que le daba un
aspecto muy elegante y “casual” al mismo tiempo. Se notaba enseguida que sus
dueños no escatimaron en gastos para ofrecer una presentación de categoría.
Se accedía por una especie de rampa que terminaba en una
gran puerta de madera de doble hoja que en su parte superior tenía un cartel
iluminado con una elegante combinación de colores blancos y azules con el
nombre del lugar.
El hecho de estar prácticamente junto a la Playa le daba al
lugar un aspecto fantástico, con luces dispuestas en las cercanías para lograr
un efecto lumínico en la arena circundante.
Los amigos estaban como sorprendidos ante tan lindo lugar,
que casi siempre, pensaban, en su lógica circular, que la elegancia del local era acompañada por una
concurrencia femenina selecta.
Sin pensar demasiado, se dispusieron a hacer la fila para
entrar sin perder tiempo. Les urgía entrar y conocer un lugar nuevo y tan bien
presentado.
Pasaron al grandote
encargado de hacer derecho de admisión, al cual Martín se ocupó
estratégicamente de dar las buenas noches, a lo que el sr. respondió con una
sonrisa amable, dándoles la tranquilidad que podían pasar (nunca fallaba ese
saludo y si era acompañado por una corta conversación de las del tipo “que
lindo lugar que tienen”, el resultado era óptimo).
En esa época, el “derecho de admisión” era una cosa seria.
Si al portero no le gustaba algo tuyo, lo más probable era que te quedaras afuera y
su decisión era inapelable. Por eso la estrategia del saludo y la pequeña
conversación casi nunca fallaban.
Pagaron su entrada, y la sorpresa fue aún mayor al traspasar
la puerta.
El lugar estaba lleno de desniveles con dos pistas de baile
cuidadosamente iluminadas, la decoración era elegante y acorde, siempre el estilo
blanco mediterráneo combinado con madera
de color oscuro en las escaleras y los sillones.
Sonaba Barry White, infaltable como música de “relleno”, esa
que sirve como de preparación hasta el momento de comenzar la “música de
bailar” propiamente dicha.
Los chicos estaban emocionados. Y Martín se acercó al oído
de su amigo y casi en un susurro le dijo: “Hoy nos va a pasar algo especial”. A
lo que Alberto respondió con una sonrisa ante lo exagerado y ocurrente de su
amigo.
Y vaya que les pasó algo especial. La premonitoria frase, se
mantuvo en su recuerdo para siempre.
Elena y Jorgelina se llamaban las chicas que se encontraban
paradas al lado de la barra tomando una copa.
Elena parecía un poco más grande, de edad y de estatura,
pelo corto, castaño claro, y Jorgelina un poco más menudita de cabello largo,
lacio y negro. Dos lindas chicas, normales. Sin ningún tipo de vestimenta que
llamara la atención.
Los amigos las vieron, se miraron entre sí y no hicieron
falta palabras. Los dos conocían perfectamente los gustos y tendencias de cada
uno, pero claro, faltaba lo más importante. La aprobación de las chicas, que
como siempre, tenían la última palabra en estas cuestiones.
Empezó a sonar “Banda en fuga” de Paul McCartney. Los dos sabían, como futuros Disck Jockeys,
que era la señal, ya que este tema de comienzo lento se transformaba en música
super bailable y pegadiza. Y normalmente con este tema comenzaba el baile.
Fueron directo hacia ellas, y la suerte quiso que las chicas
los recibieran con una sonrisa comenzando una agradable conversación. A los
pocos minutos estaban los 4 en la pista bailando.
Pasaron varias horas bailando y riendo, era evidente que
había “onda” entre los cuatro.
Elena propuso ir a la terraza a ver el mar a tomar una copa,
y los chicos pensaron que tal vez sería una buena oportunidad para robarles
algún beso a las chicas, por lo que aceptaron rápidamente y en seguida
estuvieron los cuatro en la terraza, estratégicamente separadas un poco las
parejas.
La noche no podía estar transcurriendo de mejor manera. Hubo
si, algunos mimos y algún que otro beso.
Pero lo más importante era que los 4 la estaban pasando bien, ahí en ese
maravilloso lugar de noche y frente al mar.
Martín en un momento, se acercó a su amigo y al oído y le
reafirmó: “Viste que hoy nos iba a pasar algo especial?” a lo que su amigo
respondió asintiendo y con una picarona sonrisa. Ninguno imaginaba el sentido
que tendrían esas palabras, aunque no exactamente “especial” desde el concepto
positivo…
En un momento Elena sugirió si no tenían ganas de irse de
allí, a un bowling de San Clemente. Donde podrían tomar algo sin tanto
bullicio.
“Estoy con el auto de mi papá” dijo sonriente.
Los amigos se miraron, y no podían creer lo que estaba
sucediendo. Dos chicas con auto propio los estaban invitando. Demasiada suerte.
El “si” de los dos fue rotundo.
Rápidamente dejaron el local bailable los cuatro. Entre
risas y bromas.
San Clemente, es otra localidad de la Costa Argentina, que se
encuentra aproximadamente a unos 20 kms. del lugar donde se hallaban.
Elena tomó la delantera, enfilando directamente a la playa
de estacionamiento, Alberto la seguía muy de cerca, Jorgelina y Martín, tomados
de la mano iban un poco más atrás.
Y ahí estaba, como esperándolos, un hermoso “Renault 12”, color verde oscuro.
Martín, que nunca perdía detalle, percibió un modelo bastante nuevo y “entero”.
En esa época, el “Renault 12”, era un auto bastante popular,
y estaba dotado de buenas comodidades y adelantos técnicos, acorde a su tiempo,
claro.
Aún hoy, más de
cuarenta años después, se pueden ver algunos de esos modelos circulando, como
viejos guerreros desafiando el paso del tiempo. Indudablemente el producto
francés, fabricado en nuestro país, era
bueno.
Un detalle tecnológico, que iba a revestir importancia en
los hechos que sucedieron, era que estaba dotado de tracción delantera, o sea,
la fuerza del motor se trasmitía a los
ejes delanteros,
permitiendo que el vehículo estuviera más capacitado para
salir de situaciones difíciles, léase agua, barro y/o arena, que los autos que
poseían tracción común.
R 12 podía calificarse, en esa época, de un vehículo gama
media, popular entre personas de clase media o clase media alta.
No era nada fácil poseer
un auto en este tiempo, por lo que Martín infirió que los padres de Elena
deberían pasar por una situación holgada.
Nunca le importaron a Martín las cosas materiales, solo fue
un comentario que hizo para sí mismo, debido a su irrefrenable, y por momentos
obsesiva, visión analítica de todas las cosas.
Este “defecto” del chico le sería se suma utilidad y ayuda
en la inesperada situación que le tocaría enfrentar junto a su amigo esa noche.
Él ahora solo estaba feliz, sentado en el asiento de atrás,
de la mano de una linda chica, en una noche estrellada adornada con una luna brillante y una
temperatura ideal, en la playa, con su mejor amigo adelante, al lado de Elena,
que lógicamente era la que conducía.
“Qué más puedo pedir? pensó” y sonrió mirando a Jorgelina
sin soltarle la mano. Jorgelina le devolvió la sonrisa, no hicieron falta las
palabras.
Bajó el vidrio, a manija claro, y se dispuso a disfrutar del
vientito que entraba desde la ruta y el momento tan especial. Sin sospechar ni
por un instante que la sensación duraría poco, y las cosas irían tomando un
dramático curso. Miró las estrellas y la noche en un completo estado de relax. El
cuál Iba a extinguirse pronto.
En un momento, al dejar atrás Santa Teresita, Elena sugirió
dejar la ruta, y tomar un camino alternativo, por zonas completamente salvajes,
entre las dunas. “Será divertido en una
noche tan linda” agregó.
Los amigos se miraron al unísono, Martín se encogió de
hombros y confió, una vez más, en la
decisión de su amigo, más experimentado en conducir por caminos no asfaltados
debido a que tenía familia en la localidad de Chacabuco, y estaba acostumbrado
a manejar en la tierra.
Los tres dijeron que sí. Sería divertido.
Pero tierra, no es lo mismo que arena, y con Elena al
volante, eso no dejaba muy tranquilo a Martín.
Él tuvo un pensamiento tranquilizador, imaginando que, en
algún momento, su amigo tomaría el volante, y la “tracción delantera” del “R12”
haría su trabajo.
Pero no sucedió así, Elena continuo manejando muy segura y
confiada, dejando la seguridad de la ruta, tomando el camino alternativo entre
dunas.
Para quien conoce la zona, y sobre todo en esa época, el
lugar estaba completamente despoblado, con playas salvajes y rodeadas de
cangrejales. Caminos de arena y ningún tipo de cartel con alguna indicación.
Algún que otro cuis (animal típico de la zona, tipo roedor
gigante), y varias liebres salvajes, tal
vez, atraídas por las luces del vehículo, cruzaban corriendo raudamente por
delante. Lo que motivó a los tres chicos que le pidieran a Elena bajar la
velocidad, que si bien no era rápida, en esa zona tan salvaje y con animales
cruzando raudamente, podría generar
algún tipo de peligro. A lo que ella estuvo de acuerdo y bajó drásticamente la
velocidad.
Mala decisión.
En un momento percibieron que estaban dando vueltas y
vueltas, perdiendo completamente el sentido de orientación, ya no se veían las
luces de la ciudad, por lo que habían perdido totalmente cualquier punto de
referencia.
Nadie hablaba y se empezó a percibir una atmósfera rara.
Claramente estaban perdidos
y desorientados. “Chicos, me perdí” dijo Elena, lamentándose.
“Si. Algo así nos pareció” respondieron casi simultáneamente
los tres.
Elena detuvo el auto. Como para poder tomar algún tipo de
referencia.
Tremendo error.
Bajaron los cuatro del auto para observar si reconocían algo
o tomaban alguna señal que los llevara a destino. Notando que la arena en ese
punto era muy blanda y sus pies se hundían bajo ella.
“Subamos rápido y vámonos de acá”, dijo Alberto tratando de
no trasmitir pánico. A lo que todos obedecieron rápidamente, y, aunque nadie
decía nada, el pensamiento fue unánime. “Porque no nos habremos quedado en el
boliche?”. Las caras lo decían todo.
Solos en el medio de la nada y de la oscuridad,
completamente desorientados, los empezó a embargar un sentimiento de pánico.
Elena encendió el auto, y trató de arrancar, y por más que
aceleraba el auto no se movía.
Estaban atrapados en una trampa de arena blanda.
Ella aceleró y la arena salpicaba hacia los costados, y los
hundía cada vez más.
“Paraaaa” le gritó Alberto... nos vamos a hundir cada vez
más”. Ella le hizo caso y dejó de acelerar.
Él tomó el lugar del conductor. El corazón de Martín se
sintió aliviado. Su amigo con seguridad los sacaría de esto.
Ante la indicación de Alberto, los tres se bajaron para empujar
mientras Alberto manejaba.
Pero nada resultó ser como esperaban, no había respuesta
alguna, y la trampa de arena no dejaba salir a su víctima.
Los pies de los chicos se hundían irremediablemente en la
arena al hacer fuerza.
La situación comenzó a tornarse desesperante.
El motor del “R12” comenzó a recalentarse por la desmesurada
fuerza que estaba haciendo, y un humo negro comenzó a salir del caño de escape.
Martín tomo nota rápidamente de esto y se dio cuenta, aunque
no sabía nada de mecánica, que nada
bueno estaba sucediendo en el interior
de la noble máquina.
Su amigo detuvo el motor,
también percibiendo las mismas señales. Evidentemente esa no era la
forma de dejar la trampa que la naturaleza les había tendido.
Forzosamente había que cambiar la estrategia.
En esa época, los teléfonos celulares eran cosa de ciencia
ficción. Solo el valiente capitán Kirk, y el Sr. Spook, su infaltable ladero,
mostraban en la serie “Viaje a las estrellas” algo parecido.
Pero ellos no estaban en la ficción, la realidad les
mostraba otra cosa.
Alguien debería ir a pedir ayuda.
Martín, haciendo gala de un espíritu valiente, aunque en
realidad por dentro se moría de miedo,
tratando que nadie se dé cuenta, se ofreció a buscar algo o alguien que
los ayudara a salir de la penosa situación.
Todos estuvieron de acuerdo. Alberto se quedaría con las
chicas y el auto mientras Martin atravesaría la duna en plena oscuridad.
Casi desesperadamente, siempre tratando que no se notara su
miedo, claro, Martín busco algo en la “guantera” del “R12”.
Y como un regalo del cielo, ahí estaba. Para él fue el mejor
regalo que el destino podría haberle ofrecido.
Envuelta cuidadosamente en una franela marrón, una hermosa
linterna, que el padre de Elena había guardado para casos de emergencia.
Agradeció al hombre su previsión y también le agradeció al
Universo y a todos los dioses habidos y por haber por el maravilloso regaló que
encontró.
La linterna funcionaba, y volvió a agradecer. Era una señal
de buen augurio. Con pocos motivos para ponerse contento en esa situación, el
hallazgo le dio un poco más de confianza.
Tranquilizando a los chicos, se despidió de los tres e
inició la épica marcha hacia la oscuridad y lo desconocido.
Con los años Alberto le confesó, que cuando se estaba yendo,
pensó seriamente si volvería a verlo y si ese saludo no sería el último de los
amigos.
Dadas así las cosas, la mente de Martín, analítica por
naturaleza, empezó a preocuparse no ya por si encontraría o no ayuda. Su preocupación era como iba a
hacer para volver sin casi ningún punto para ayudarlo en el regreso.
Sabía que tenía el mar a sus espaldas y trataría de ir en
línea recta buscando la playa y una posible referencia. Siguiendo claro, la
“calle” de arena. Sustantivo generoso, dado que más que una calle era una
“huella” un poco ensanchada.
En ese momento deseó haber tenido la capacidad de los Marinos que se orientaban con las
estrellas. Y pensaba en Colón y en sus viajes mientras caminaba.
Definitivamente no tenía esa capacidad, debería confiar en
su instinto y las pocas referencias con que contaba.
Había caminado unos 300 o 400 metros desde la trampa de arena, cuando por reflejo, giro
su cabeza hacia su hombro izquierdo y lo vió.
Una figura inmóvil, completamente oscura, como una
estructura gigante, que hasta ese momento había permanecido oculta por la alta
duna que se erguía al costado del camino.
Su miedo inicial, se transformó en algún tipo de esperanza.
Era el viejo faro de San Clemente, que se levantaba entre
cangrejales y dunas solitarias.
Había encontrado una referencia!! Detalle no menor pensó
para sí mismo y siguió caminando un poco más motivado.
Habrá caminado otros 400 metros, y de repente, le pareció
ver algo a la distancia. No pudo distinguir bien lo que era.
Intentó enfocar la pequeña linterna, pero fue inútil. Su luz
no llegaba al objeto.
Apagó la linterna, acomodó sus ojos a la oscuridad y la
débil luz de las estrellas y vió dos cosas.
Algo parecido a una cabaña semi destruida y por detrás una
especie de figura que rápidamente se movió y salió de su perímetro visual. O
tal vez sus ojos y la oscuridad lo engañaron.
Armándose de coraje, decidió avanzar e investigar. Muchas
posibilidades no tenía: O salía corriendo intentando buscar a sus amigos o
avanzaba para averiguar de qué se trataba.
Avanzó con pasos cortos, con todos los sentidos alertas
iluminando, apenas unos metros por delante con la humilde linterna.
Llegó a unos veinte metros del objeto y con sorpresa
descubrió que se trataba de los restos de una semi derruida cabaña. De la figura
ni noticias.
Llegó hasta la cabaña y pensó: Debe haber algunas maderas
por aquí, para colocar bajo las ruedas del auto que nos permita salir del
arenal.
Comenzó a buscar afanosamente olvidándose completamente de
lo que creyó ver y feliz por haber encontrado una posible solución.
Había muchas maderas sueltas en los alrededores de la
cabaña. Eligió varias que supuso se adaptarían a las ruedas del “R12” y comenzó
a desandar el camino.
Habría caminado unos 100 metros cuando instintivamente se
detuvo creyendo oír algo.
Al detenerse no escuchó nada. Sería el viento, pensó
intentando tranquilizarse.
Volvió a caminar y el ruido
se producía nuevamente. Sin detenerse volvió a escuchar.
Definitivamente eran pasos que eran producidos por algo o
alguien que lo seguía, impactando contra la escasa vegetación de las dunas.
No tuvo dudas, apagó la linterna para no dar referencias y
comenzó a correr buscando a sus amigos. Un temor ancestral le recorrió el
cuerpo y la descarga de adrenalina puso en acción todos los signos de alerta
corporales.
Corría desenfrenadamente rogando al Universo que lo
estuviera haciendo en la dirección correcta.
Giro nuevamente su cabeza hacia la derecha, y vió la figura
negra del faro. Estaba en la dirección correcta.
Justo en ese momento el joven tropieza y se cae.
Inmediatamente lo envolvió una luz intensa blanco amarillenta que parecía
provenir del faro.
Tuvo tiempo para pensar que la luz no podía provenir del
viejo faro, inutilizado desde el siglo pasado.
Empujado por quien sabe que fuerza se levantó y siguió
corriendo hasta sus amigos.
Al llegar a unos 100 metros de ellos, pudo distinguir al
auto y las figuras de los tres.
Ellos se dieron cuenta que era él, y lo saludaron a la
distancia dando muestras de alegría.
Pero inmediatamente se dieron cuenta que algo no estaba
funcionando bien.
Porque viene corriendo como un loco? Se preguntaron.
Martín llegó agitado, casi sin oxígeno a su lado, aferrado a
las maderas como si fueran el tesoro más preciado de la historia de la
humanidad.
Le entregó las maderas a su amigo, quedándose con una por si
había que defenderse ante lo desconocido.
Alberto entendió el mensaje, sabía perfectamente para qué
eran las maderas y, al instante comenzó a colocarlas bajo las ruedas, sin
demasiadas preguntas. Había que salir de esa trampa.
Las chicas, mientras Alberto trabajaba colocándolas en el lugar apropiado, al ver la
cara de Martín y su respiración entrecortada casi en hipoxia, le preguntaron
que estaba pasando.
Él estaba inclinado sobre sus rodillas intentando recuperar
el aliento, y casi sin poder hablar, les balbuceó en forma casi imperceptible
“algo me sigue”.
Las chicas sin entender nada pensaron, en un primer momento,
que se trataba de algún tipo de alucinación, producto del miedo, la noche y la
soledad, pero, no dejaron de preocuparse.
Alberto había terminado rápidamente su trabajo, presintiendo
que nada bueno estaba sucediendo y les ordenó empujar mientras él, intentaría
sacar el auto, en un último y
desesperado intento.
A su orden los tres empujaron y justo en ese momento la
misma luz que había visto Martín, los envolvió.
Todavía sofocado, Martín, y de forma entrecortada dijo “esa
luz”. Fue como una recarga de energía que les hizo sacar fuerzas desde donde no
había. El miedo, las maderas, y la habilidad de Alberto en el volante hicieron
que el auto se moviera y avanzara.
O tal vez sucedió otra cosa? Nunca lo sabrían.
Suban rápido gritó Alberto, a lo que los tres obedecieron
inmediatamente.
La duna, antes oscura, estaba iluminada por completo.
El joven pisó el acelerador lo más a fondo que pudo pero el
auto no podía avanzar rápido. Algo en su interior no estaba funcionando bien.
Luego de unos minutos de incertidumbre pudieron alcanzar la
ruta, nadie emitía ningún sonido. Las caras lo decían todo.
Tomaron el camino de vuelta a sus hogares donde dejarían a
las chicas en su casa de veraneo para
luego volver al departamento donde paraban.
Martín notó algo extraño, miró por encima del hombro de su
amigo y vió que el velocímetro no alcanzaba más de 60 km por hora.
Un olor a aceite quemado inundaba el vehículo lo que obligó
a Martín a subir el vidrio.
Sabía perfectamente de que se trataba, el noble motor se
había fundido.
Dejaron a las amigas en su casa intercambiando números de
teléfono y promesas de volver a encontrarse.
Ellos volvieron en silencio caminando, protegidos por las
luces y el movimiento propio del sábado a la noche en una ciudad costera en temporada.
Ninguno de los dos hablaba nada. Y así, en silencio llegaron al departamento y
se acostaron.
Alberto y Elena nunca volvieron a verse.
Martín y Jorgelina se vieron un par de veces más en Buenos
Aires, y luego todo quedo en la nada.
Nadie nunca volvió a hablar del hecho.
Imagen gentileza pexels.com










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