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DOÑA ELISA
Por Esteban Ferrari
He visto demasiadas muertes
en mi vida profesional y personal.
Tengo demasiadas preguntas sin resolver, muchos miedos y
confusiones ante lo desconocido.
Mi mente entrenada a pensar de forma científica, entra
en conflicto con los hechos que sucedieron esa mañana.
“Realidad basada en
la evidencia” reza el paradigma en el que fui formado. Cuestión que sigue sin
dar respuesta a mis interrogantes. Dado que no he encontrado respuestas, hasta
ese día, donde debí rendirme ante la contundencia de los hechos.
Mi miedo a la muerte estuvo siempre omnipresente, a pesar de
verla cara a cara casi todos los días y, desgraciadamente, naturalizarla por
fuera. Aprendí a convivir con ella.
Muchas veces intenté llenar mis vacíos con frases hechas
como “La muerte es parte de la vida”, o “la muerte es solo el principio”,
que, en el fondo no hicieron más que
acrecentar mis inseguridades.
Otro recurso, fue el refugio en la religión.
Católico por
tradición más que por elección y convencimiento. Algunas veces, la lectura de
la Biblia, acercó un poco de calma a mis momentos de crisis existenciales, sin
convencerme en el fondo, pero atrapado por algunas historias narradas en el
milenario libro. Y que considero fue escrita por hombres, manipulada por el poder de turno.
No creo que un Dios
misericordioso nos castigue con el Infierno por ejemplo. A mi modo de ver, si
bien creo que el mal existe y es verdadero, pero, proviene de otros orígenes, tal vez más
misteriosos y fantásticos de los que nos propone la liturgia tradicional.
Mi intelectualidad se resiste a ser adoctrinada a través del
castigo y del miedo. Ya tengo suficiente con los propios.
Fui Kinesiólogo de terapia intensiva, durante 10 años. De
ahí a mi encuentro con la muerte casi a diario.
El título de Kinesiólogo, vigente en Argentina y algunos
países de Latinoamérica es equivalente al de Fisioterapeuta, o Terapista Físico
en la mayoría del mundo. Diferente denominación, mismas incumbencias. Con
pequeñas diferencias de acuerdo a las legislaciones vigentes en los diferentes
países.
No voy a ahondar en detalles técnicos pero el rol del
Kinesiólogo en Terapia intensiva, en nuestro país, es crucial en el cuidado de
la vía respiratoria. La respiración es la clave de la vida biológica tal y como
la conocemos.
Conozco bien las señales de las personas que están a punto
de morir, y sé muy bien de los esfuerzos que todo el equipo hace para evitarlo,
y la sensación amarga que nos deja ver partir a una persona. Casi no hay tiempo
de ponerse a llorar, ni siquiera nos lo podemos permitir, en la cama de al lado
hay otra persona que nos necesita.
Solo me hacía preguntas cuando regresaba cansado luego de 24
hs. de guardia, sobre la fragilidad de la vida, sobre cuál es su sentido y
sobre que nos espera más allá.
Otra vez mis miedos e inseguridades. Que obviamente no
dejaba traslucir en el momento de trabajar.
Tal vez, y son solo especulaciones, el universo me puso en
contacto con Doña Elisa, como para empezar a responder algunas preguntas y
aquietar un poco mis inquietudes, aunque a las respuestas siempre le siguen
nuevas preguntas.
La pandemia del Covid, fue demasiado para mí.
Terminó de configurar mi síndrome de Burn out (cerebro
quemado).
Otra vez la muerte a mi alrededor, otra vez la incertidumbre
ante lo desconocido.
Si bien hacía varios años que me había retirado de terapia
intensiva. Mi deber y mi juramento hipocrático fueron más fuertes. Al trabajar en una unidad de vías
respiratorias, estuve 6 meses en la primera línea de lucha contra la nefasta
enfermedad. Y sin vacunarme, dado que todavía no se había desarrollado la
vacuna.
Demasiado estrès, demasiada muerte.
Decidí retirarme del hospital Público, oyendo los consejos
de mi esposa, casi sus ruegos diría.
Decisión nada fácil, luego de 42 años de servicio. Pero ya
estaba vacío. Lo había dado todo.
No tenía nada que reprocharme.
La impotencia sumada a la inoperancia de las autoridades,
junto a las miserias y egos de algunas personas que trabajaban a mi lado me
terminaron de convencer. Sentí que había cumplido un ciclo.
Fue un antes y un después de la pandemia. Nada volvió a ser
lo mismo.
Las consecuencias, físicas y psicológicas todavía me
acompañan. Aunque de a poco voy mejorando.
Junto a mi esposa, también profesional de la salud,
terminamos de cerrar la decisión de mudarnos a un lugar tranquilo, lo
suficientemente cerca y lejos de la gran ciudad.
Tal vez, sin saberlo, todos los caminos conducían a mi encuentro con
la vendedora de empanadas.
“El remanso”, su nombre es bastante significativo, es un
barrio de la localidad de Exaltación de la Cruz. Situado a unos 84 kilómetros
de la Capital Federal de Argentina,
Buenos Aires. Y, a unos 70 kilómetros de
Haedo, nuestro lugar de residencia, en lo que aquí llamamos el oeste del “Gran”
Buenos Aires, o conurbano bonaerense.
El barrio fue creado en la década del 70, y posee grandes y
majestuosos árboles. Y podríamos catalogarlo como “semi rural” o sea rodeado de
bosques y campos, pero con las comodidades y servicios de una gran ciudad.
Los terrenos son casi todos grandes. Los hay desde 1500 hasta 5000 metros
cuadrados. Y las casas que han sido levantadas sin llegar de ser de lujo, son
confortables y muy ordenadas en general.
Los vecinos se cuidan mucho entre sí, aunque no se registran
hechos delictivos, y han formado una cooperativa, que, a través de una moderada cuota voluntaria, se
puede tener acceso a algunas comodidades extra, como canchas de futbol, una sala
de primeros auxilios, etc.
Luego de un tiempo me enteré que todos, sin excepción,
conocían la historia de “Doña Elisa”, y que todos también habían sido visitados
por ella. Secreto que, me fue desvelado
solo después que acontecieron los hechos.
Descubrí a través de
los relatos de los vecinos y luego de nuestro encuentro que, “Doña Elisa”, era
una antigua habitante del lugar, creadora, según me contaron también, de las más ricas empanadas de toda la región.
Venían personas de todos lados a comprar su maravilloso producto.
La Sra. en cuestión, “casualmente”, era alguien que cansada
también de la gran ciudad, había decidido dejarla. Al enviudar dejó
prácticamente todo detrás suyo y decidió venir a vivir al medio de ese bosque
inhabitado en esa época. A una humilde casa heredada de sus padres.
Lo único que se llevo fue su piano, ya que era profesora de
música y de idioma Francés, una mujer culta y refinada. Detalle este que noté
rápidamente en nuestro primer y único encuentro.
Y los primeros vecinos del lugar cuentan cómo, cayendo la
tarde se podían escuchar los dulces acordes del piano de la Sra.
Nuestra casa, una “casa quinta” como se la denomina en estos
lares, es hermosa a nuestros ojos, está emplazada en un terreno de 2.500 metros
cuadrados, rodeada de exuberante vegetación, lo que le otorga gran privacidad y
salpicada de enormes grupos de árboles.
Es inevitable la sensación de que fue “ plantada” en el
medio de un bosque.
Sin ser lujosa, es cómoda y confortable, y la hemos llamado
“La Josefina”, en honor de mi mujer. Ella se resistió un poco al principio,
pero cuando aparecí portando el cartel elaborado artesanalmente con madera del
lugar, no tuvo más remedio que aceptarlo…
Ni en el más remoto de mis sueños, imaginé que en “La
Josefina” iban a ocurrir los sucesos que ocurrieron esa mañana.
Hacía poco que estábamos en el proceso de transición hasta
mudarnos definitivamente al Remanso en Exaltación de la Cruz.
La Quinta es grande, y tiene muchos detalles para prestar
atención, pero nada de eso impide la enorme felicidad de vivir en un espacio
semi-rural, rodeados de la naturaleza.
Estamos cumpliendo nuestros sueños, que terminarán de cerrar
cuando nos mudemos definitivamente.
Mientras tanto vamos
los fines de semana, o a veces nos vamos el jueves a la tarde y nos quedamos
hasta el martes. En realidad cada vez nos cuesta más irnos de ahí y volver a la
ciudad, definitivamente hemos encontrado con Josefina, nuestro lugar en el
mundo.
Una de las cosas que más me gustan es ir de compras a los lugares
donde no va mucha gente. A esos almacenes de campo donde el tiempo parece
detenerse. Me gusta escuchar hablar a la
gente del lugar sobre los temas comunes, su filosofía de vida, su manera de ver
la vida y de vivirla. Una tan diferente de la de los lugares de donde provengo.
Como me gustan las leyendas rurales, y he escrito varios
relatos sobre eso, presto mucha atención a las conversaciones de la gente local
sobre el tema, uno nunca sabe dónde se esconde una buena historia.
Justamente en el viejo almacén de Raúl, es donde conocí a
Doña Elisa, o mejor dicho, su historia.
El lugar, me enteré luego, había sido una antigua “pulpería”
y “almacén de ramos generales”, como solía llamarse antiguamente, y la verdad
que ahí podes comprar desde una caja de fósforos, hasta 200 grs. del mejor
salame casero que he probado, cortado a cuchillo. Raúl no tiene máquina cortadora de fiambre, y
no sé muy bien como hace, pero siempre le acierta con el peso solicitado.
Como conté anteriormente, el lugar había sido una
“pulpería”, o sea el lugar donde los gauchos se reunían a comer y beber, o
donde los arrieros paraban a descansar de sus largas jornadas a caballo para
llevar el ganado a los centros urbanos a principios del siglo XX antes de la
aparición de los camiones jaula.
Me gusta esperar ahí que Raúl me atienda, una de las
ventajas de vivir ese estilo de vida. Me la paso mirando las viejas estanterías
de la época, bastante bien conservadas. Miro, como si estuviera en el museo del
Prado, los fiambres colgando del techo y
los quesos guardados en campanas de cristal grueso.
A pesar de ser un
lugar antiguo, todo está limpio y ordenado. Noté que Raúl, heredero del negocio
de sus bisabuelos, abuelos y padres, es un obsesivo del tema y, según me contó
él mismo, una de las claves de su éxito y de su supervivencia en su lucha por
mantener el estilo en contra de los modernos supermercados y de los negocios
chinos, que también están en el pequeño centro comercial de la zona, como era
lógico esperar.
Al principio el trato con Raúl era distante, amable pero
frío. “Pensé al principio, que eras un turista más de fin de semana”, me
confesaba luego de un tiempo. Pero al
verme seguido, y al contarle que nuestra idea en el corto plazo es quedarnos
definitivamente al haber comprado la casa, el trato pasó a ser diferente, tanto
que Raúl paso a ser mi consejero en temas locales como por ejemplo a quien me
convenía llamar si tenía un problema de plomería o electricidad, que tipo de
frutales me convenía plantar, y cosas por el estilo. En ese lugar todos se
conocen y todos saben de todos. Fue otro de mis grandes descubrimientos.
Un día, yendo a hacer mi habitual compra. Me gustaba ir temprano, caminando obviamente,
disfrutando de los colores de la mañana y esa sensación tan particular que me
da caminar a esa hora las 10 cuadras que me separan del negocio de Raúl.
Al llegar parecía que
me estaba esperando, mientras me saludaba ya había agarrado su cuchillo, “200
como siempre no?” me preguntó, a lo que respondí entre risueño y sorprendido:
“Claro”. Mientras se dedicaba a cortar con precisión quirúrgica el salame, así
sin mirarme y como al pasar me preguntó: “Te visitó Doña Elisa ya?”, noté un tono raro, y como soy bastante perceptivo
para las señales verbales y corporales, me intrigó y me inquietó un poco la
pregunta, a lo que respondí: “No, … pero quien es Doña Elisa?”, sin quitar los
ojos de su tarea me respondió como queriéndose alejar del tema “Una vendedora
de empanadas, no te preocupes, no es importante”….”nada de qué
preocuparse”. La respuesta me dio mucha
curiosidad, pero preferí dejar el tema ahí, y seguimos hablando de las cosas
cotidianas mientras completaba mi compra. Estaba seguro que volveríamos a
hablar del tema, en el momento oportuno.
Ese Sábado, había amanecido bastante fresco.
En Exaltación de la
Cruz siempre hay unos grados menos que en las grandes orbes, “casualmente” era
el “Solsticio” de invierno, el día más corto y la noche más larga del año en el
hemisferio boreal (en el austral, ocurre lo contrario).
Asimismo, el término,
se refiere al momento en que debido a la inclinación de la Tierra, el Polo
Norte llega a estar hasta 23.5 grados más alejado del Sol, día muy particular para los pueblos
originarios y diversas culturas ancestrales, día de rituales, día y noche
mágicos.
Todavía no había amanecido del todo, y las tenues sombras se
mezclaban con la luz de la mañana que intentaba colarse entre los árboles,
dándole al paisaje un sutil aspecto fantasmagórico.
Amaba ese momento del
día en ese lugar, me producía una rara exaltación, mezcla de temores
ancestrales con curiosidad.
Me encontraba en pleno ritual de la mañana tomando mi
tradicional taza de café con leche con las infaltables tostadas, y Alaska,
nuestra perri-hija, como siempre sentada a mi lado, esperando compartir mi
comida. Clima de paz absoluta, sumergido en mis pensamientos, y en la
planificación del día…cuando de repente sucedió.
Alaska, como empujada por un rayo, cambio su actitud. Los
pelos de su lomo se erizaron y comenzó a ladrar furiosamente, con un ladrido,
que conozco, e indica la presencia de algún peligro o algo desconocido, se
levantó y salió corriendo hacia el parque.
Pocas cosas pueden distraerla cuando estamos así,
compartiendo el desayuno, por eso su cambio abrupto de actitud, me hizo
preocupar, y mi primer instinto fue seguirla por detrás en su marcha
desenfrenada.
Alaska, es de raza Pastor Blanco Suizo, como su nombre lo
indica, su cuerpo hace gala de un blanco que refleja la luz del sol. Es dulce,
cariñosa, leal y obediente. Muy cuidadora de niños y guardiana de la casa.
Lleva en su sangre los genes del lobo blanco del ártico.
Tiene 3 años, y pesa 38 kilos. Una montaña de dulzura. Pero, ante situaciones
de peligro, su actitud cambia, y su corazón y alma de lobo vuelven a
manifestarse. Por eso me preocupé. Vi a mi dulce Alaska trasformada en lobo,
con todos sus instintos a flor de piel.
Unos 100 metros separan la puerta de entrada a la quinta
hasta nuestra casa. Pero su carrera se detuvo abruptamente a mitad de camino,
unos 50 mts. aproximadamente. Dejó de ladrar y quedó sentadita, inmóvil, lo que
también me preocupó, dado que nunca había tenido una actitud así.
Me paré al lado de Alaska, preocupándome por ella, y en ese
momento levanté la mirada y la vi.
Del lado de afuera de la puerta, con una canastita en el
brazo, una mujer anciana, de la que no
pude distinguir bien los rasgos, dado el momento del día, la luminosidad no era
suficiente.
Al ver esto, inmediatamente me sentí un poco más aliviado,
dado que ella no representaba un peligro en sí misma….solo atiné, en un gesto
instintivo, a levantar mi brazo y hacer con mi mano un amistoso gesto de
saludo, a lo que la anciana respondió de la misma forma.
Mis alarmas internas cesaron, y, más tranquilo comencé a
caminar hacia ella. A medida me acercaba, pude ir notando algunas
particularidades más de esa persona, y como soy bastante detallista en los
análisis, pude reparar en la canastita de mimbre que llevaba, tapada con un
clásico repasador adornado con flores. “Debe ser la vendedora de empanadas, de la cual me advirtió Raúl” pensé,
tranquilizándome aún más, aunque tuve tiempo de pensar que era raro a esa hora de la mañana.
También, a medida me acercaba, notaba cosas que si bien no
puedo precisar exactamente, me parecieron fuera de lo común.
Su rostro por
ejemplo, medio tapado por el pañuelo blanco bordado con flores negras, que
tenía en la cabeza, estaba como raro, medio desconfigurado. Su vestimenta, aunque
normal para una persona de su edad, era un poco antigua, vestido de un color
verde grisáceo hasta casi los tobillos, zoquetes blancos y unas alpargatas
negras un poco rotas. Una manta color marrón cubría sus hombros y la parte
superior de su cuerpo.
No obstante, seguí acercándome a la puerta y amablemente le
pregunté que deseaba, a lo que me respondió que tenía empanadas para vender
hechas por ella misma.
Le dije que por el momento no iba a comprar, dado que ya
tenía pensado el almuerzo de ese día, pero con gusto si me indicaba donde
vivía, otro día iría a su casa a comprarle.
Su voz sonaba rara, aunque amable y educada, y me indicó que
vivía muy cerca, de la esquina dos cuadras y luego una a la derecha, justo
frente a un ombú muy grande. Tomé nota rápidamente en forma mental de la
localización del lugar.
Nos saludamos dándonos los buenos días me di vuelta y volví
sobre mis pasos.
Luego de un trecho, pensé que había sido poco amable con
ella al no ofrecerle mi teléfono para
hacerle el pedido por ese medio, y al mismo tiempo, al ser una vecina, acercar vínculos para estar conectados.
Me volví corriendo hasta la puerta de entrada de la quinta,
salí y ya no estaba. Voy hasta la esquina y nada, no podía ser que haya
recorrido esas dos cuadras, ni siquiera una, tan rápido. Simplemente había
desaparecido.
Mientras volvía a mi casa, mi mente, instintivamente,
buscaba una respuesta tranquilizadora y lógica. “Habrá entrado a la casa de
algún vecino para ofrecer y vender su mercadería” pensé. Y me conformé con la
precaria solución al problema.
Alaska seguía sentadita, inmóvil, como petrificada en el
mismo lugar donde la dejé, era raro, muy raro.
Y era raro que no me haya seguido a la calle como lo hacía
habitualmente.
Pero apenas llegué al lado de ella, fue como que salió del
trance, me dio muestras de alegría como si hiciera años que no me veía, y, como
hace habitualmente, puso sus patotas arriba de mis hombros, en dos patas es
casi tan alta como yo que mido 1.80, y comenzó a darme besos en la cara.
No obstante la observé durante todo el día para ver si
notaba algún cambio de actitud que denotara algún problema, pero nada. Todo
siguió normalmente.
Hablé del incidente con Josefina, restándole importancia,
dado que había escuchado ladrar a nuestra perri-hija de manera no habitual. “Era
solo una señora que vendía empanadas”, le dije. Y guardé mis tribulaciones para no
preocuparla.
Seguí con las actividades de la quinta ese día normalmente,
aunque mis pensamientos estaban en otro lado, y luego del mediodía tomé la decisión
de buscar la casa de la anciana y acercarme un poco más y porque no, comprarle
algunas empanadas.
Salí de la casa a paso rápido y decidido, Alaska me siguió
esta vez, feliz de descubrir olores nuevos y tal vez encontrarse con algún
congénere para intercambiar cosas de perros. Pero siempre cerca de mí, nunca se
separa más de 10 o 15 metros.
Recorrí los escasos 300 metros que me separan de la casa de
la anciana y llegué al lugar indicado, no había forma de equivocarme, ahí,
justo enfrente estaba el milenario ombú, totalmente reconocible dado que esa
especie no abunda en la zona. Era la esquina indicada.
Pero lo que vi, me dejo absorto e inmóvil.
Había una casa sí…. o lo que quedaba de ella, porque más
bien eran ruinas, algunas paredes derrumbadas y las ventanas rotas. El pasto
muy crecido, y era raro, porque la gente suele cuidar mucho esos detalles,
cuida mucho sus parques y están todos muy arreglados en esa zona.
No sé qué fuerza extraña me impulsó a adentrarme en la
propiedad, golpee mis manos y grité “Señoraaaa”, y, aunque preveía el resultado, nadie
respondió al llamado.
Tal vez por el grito o el golpe de mis manos, irrumpiendo la
natural tranquilidad de la zona, hizo que una vecina, de la propiedad contigua,
saliera y me preguntara que deseaba.
Me presenté como nuevo vecino, le conté mi encuentro con la
anciana, y que había venido a buscarla porque quería comprar empanadas.
La vecina me miró maternalmente y me dijo: “Doña Elisa murió
hace 15 años”.
No supe que decir, creo que mis facciones cambiaron, pensé
en Alaska que había quedado inmóvil, igual que a la mañana, sentada sin
atreverse a seguirme y casi corriendo volví hacia ella comprobando que ante mi
presencia volvió a la normalidad.
La vecina apiadándose de mi rostro y mi actitud, me corrió,
me tomó del brazo y me dijo: “Es Solsticio de invierno, siempre aparece en
Solsticio….. Pero no te preocupes, los
va a cuidar como cuida a todos en el barrio”………
Sin proponérselo, “Doña Elisa” dio respuestas a mis
preguntas. O al menos a unas cuantas.
Nunca pude precisar con exactitud si, algunas veces, durante mis caminatas vespertinas, al pasar
por su casa, escucho algo parecido a las dulces notas de un piano, o es el
viento jugando entre los árboles.










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