EL NONO
Por Esteban Ferrari
Se
llamaba Horacio Humberto Ferrari, pero todos, nunca supe muy bien porque, lo
llamaban Don Humberto.
De
él, también llevo mi primer nombre, que, supongo que por los mismos motivos, jamás usé, solo en
documentos o papeles oficiales.
Él
era mi abuelo paterno, y me cuesta hablar en pasado, ya que lo recuerdo todos
los días y vive para siempre en mi corazón. Y, estoy convencido, luego de lo
que vi esa noche, que me está esperando en algún lado, para volvernos a reír
juntos, o simplemente amarnos en silencio, compartiendo un día de pesca, o
escuchando un partido de Boca una tarde de Domingo en su cama, con esa radio
grandota de madera, del siglo pasado, que tenía en su dormitorio. Era simple, éramos
felices solo con la mutua compañía. Creábamos nuestro propio Universo.
En este momento, mientras escribo esta
historia, lo siento más que nunca al lado mío, como siempre, cuidándome,
preocupándose por mí, su único nieto.
Trato
de no emocionarme, a pesar de que, mientras escribo, reprimo las lágrimas, una
rara mezcla de emoción y un poco de melancolía. NO, no es tristeza, porque sé
que está bien donde está, y estoy convencido que en ese lugar sin tiempo ni
dolor, está con quien tiene que estar…..y algún día lo volveré a ver. Esa noche
tuve la prueba y trataré de contarlo, lo mejor que pueda, con la emoción a flor
de piel, que no es buena consejera para quien escribe una historia….O sí?
“Quedate
tranquilo Nono” (como me enseñaron y me gustaba llamarlo)… digo por encima de
mi hombro, “no pienso exagerar”….”solo voy a contar lo que sucedió esa noche o
lo que me pareció ver así medio dormido”. Los límites entre la realidad y el
sueño se los dejo al lector. Seré, dentro de lo posible, lo más objetivo que
pueda ser.
Es
increíble la nitidez con que conservo los recuerdos de las cosas que viví junto
a mi abuelo. Podría escribir un libro solo con ellas, pero no es el objetivo de
esta historia.
Recuerdo
por ejemplo, su mano llevándome al jardín de infantes, o su mano también
agarrando la mía cuando estuve enfermo, con esas enfermedades típicas de la
infancia, y él, siempre cuidándome al lado de mi cama cuando mis padres tenían
que trabajar. Él era para mí una especie de guerrero y superhéroe invencible. Y
tuve el gran honor de acompañarlo en sus últimos momentos, con el regalo del
Universo de ver lo que vi, y, de esta manera, mitigar un poco el dolor de su
partida.
Tengo
la rara percepción que el tiempo y el espacio se comprimen, y todo vuelve a mí
como en esos momentos, dándole la razón a Einstein y su teoría de la
relatividad. El tiempo se detiene, vuelve atrás y los recuerdos se van
configurando tan claramente como lo que viví esa última noche con mi Nono.
Corría
el año 1986 y mi abuelo contaba en ese momento con 86 años. Yo bromeaba con él
siempre sobre eso, le decía que jamás me equivocaría con su edad (siempre tengo
problemas en recordar fechas y eventos) ya que al nacer en 1900 la relación
numérica era muy fácil
Hasta
exactamente 6 meses antes de su muerte, tenía un estado de salud y memoria
envidiables. Tuve la dicha que conoció a sus bisnietos, mis hijos, y hasta
tomaba dos colectivos desde su casa a mi casa para venir a visitarnos. Era un
gusto verlo feliz compartiendo con ellos.
Solía
contarme, con detalles exactos, su vida laboral como guarda-tren en el
ferrocarril Sarmiento, su puntualidad, natural y al mismo tiempo obligatoria,
dado que el servicio se encontraba en manos de una compañía inglesa, y ya saben
cómo son los ingleses y la puntualidad. Si el tren se retrasaba un minuto,
debía hacer un puntilloso informe explicando los motivos de la demora.
También
me contaba como preparaba su uniforme antes de tomar servicio, lustrando los
botones del saco, la corbata exclusivamente negra perfectamente arreglada, la
camisa de un blanco brillante super almidonada, y un tema aparte para los
zapatos, siempre brillando, perfectamente lustrados, de hecho llevaba una
franela para repasarlos de tanto en
tanto.
No
puedo olvidarme de cómo, con gran sacrificio, y un crédito otorgado por el
banco y que tardó muchos años en pagar, trabajando solo él y teniendo tres
hijos, adquirió el terreno de la calle 1ra. Junta en Haedo, y prácticamente con
sus manos, ayudado por algún albañil, construyó su casa.
Esa
casa, donde prácticamente me crié, y ahora tengo en venta. Tuve muchos
conflictos conmigo mismo para tomar la decisión de ponerla en venta, no fue
nada fácil. No es nada fácil.
Muchos
recuerdos en esa casa bajo la imponente parra, pasando navidades, fines de año,
cumpleaños. El olorcito a pan dulce artesanal, que inundaba el patio familiar,
hecho por mi abuela y mi tía, y que jamás volví a encontrar en ninguno, el
mismo sabor. La larga mesa con todos ellos y mii abuela brindando y diciendo
“para que el año que viene estemos todos juntitos”. Hoy no está ninguno de
ellos, y no puedo dejar de recordarlos cada vez que entro a ese patio. Se
produce una sensación extraña, que fue lo que me llevo a tomar la decisión de
venderla.
Decisión, repito, nada fácil, ya que les tuve que pedir permiso al cielo, y no sé bien porque, siento que me dieron su aprobación. Eso sí, me ocupo de mantenerla linda y ordenada hasta el momento de venderla. Y deseo que la familia que la adquiera, la disfrute y la cuide. Ellos saben allá arriba que mi interés no es económico, solo forma parte de un sueño que ya contaré en otra historia. Nuncame interesó demasiado el dinero, solo para alcanzar una vida normal, sin lujos. Y mucho menos ahora, en esta etapa, en el último tramo de mi vida, y luego de haber pasado por muchas eventos desagradables. Descubrí que las mejores cosas de esta vida no se compran ni se venden.
En
el año 1986, ya hacía 6 años, con 29, que me había recibido de Kinesiólogo, y
ya contaba con más de 4 años de experiencia en la profesión y en terapia
intensiva. O sea, vi morir a mucha gente y conocía muy bien las señales, pero
nada me preparó para lo que viví esa noche. Nunca vi nada igual.
Cuando
se trata de alguien tan cercano, a tu corazón y a tus sentimientos, todo lo que
estudiaste y aprendiste, y toda tu experiencia no sirve de nada, perdés la
objetividad.
Por
eso, cuando mi abuelo se agravó, mi familia y yo tomamos la decisión de
llevarlo a “mi” Hospital, el Güemes de Haedo. Al menos ahí, estaría cuidado y
bien atendido rodeado de gente amiga con “códigos” de los de antes. Y lo más
importante: Yo podría verlo todos los días y hablar con los médicos sobre su
evolución.
Esa
tarde noche, me tocó ir a cuidarlo, debido a que mi tía y mi papá no podían ir.
Llegué corriendo del consultorio, y a pesar del cansancio de la jornada de
trabajo, me predispuse a pasar la noche junto a ese hombre que había pasado
tanto tiempo junto a mí, cuidándome cuando estuve enfermo, y compartiendo los
mejores momentos que viví en mi infancia.
Es
extraña la noche en el hospital, como que todo cambia de color, se tiñe de una
atmósfera casi mágica, silencios prolongados, solo alterados por el paso de los
ángeles (enfermeras) yendo a los controles de rutina y a atender las necesidades de los enfermos.
Mi
abuelo dormía en paz, entre apurado a su habitación, lo besé en la frente, como
siempre, y controle su respiración y su pulso. Costumbre que ya formaba parte
de mi ser. Fui al office de enfermería y hablé con el médico de guardia, para
recibir siempre la misma respuesta. Nada había cambiado.
Más
relajado, me asomé por la ventana, estábamos en el 3er. Piso, y miré el parque
del hospital, que cambiaba de color en la noche, y lo mostraba totalmente
diferente al día. Miré la avenida
Rivadavia, las calles y la gente, que apuraba el paso para volver a su hogar, ya
eran pocos, y reflexioné: Nosotros ahí, solos mi abuelo y yo, casi en un
espacio suspendido en el tiempo, y afuera la vida que seguía su ritmo habitual.
Pensé en las historias de esa poca gente que veía: Quien los estaría esperando?
Cualés serían sus miedos? Cuáles sus urgencias?
Absorto
en mis pensamientos, no había notado el cambio.
Me
di vuelta y vi a mi abuelo dormido, pero con sus brazos estirados al cielo, sus
manos queriendo asir algo que no se veía, mascullando cosas ininteligibles.
Definitivamente quería tocar o agarrar o acariciar “algo”.
Todo
volvió a la “normalidad” acerqué una silla a la cama y nos quedamos así tomados
de la mano y él durmiendo en paz.
No
tengo registro de cuánto tiempo pasamos así. Pero el cansancio del día y lo
avanzado de la noche me vencieron, a pesar de que luche denodadamente contra
eso, la fisiología fue más fuerte, me dormí agarrado a su mano.
Ni
remotamente, puedo precisar la hora que era, salvo que creí despertarme, y mis
ojos apenas abiertos, la vieron.
No
podía moverme, y no puedo precisar si soñaba o estaba despierto, pero la vi.
Ahí estaba sentada en la cama y tomando las manos de mi abuelo.
Era
una mujer de unos treinta años, de rasgos finos y mirada dulce, el pelo hasta
los hombros, lacio. Totalmente vestida de blanco, con un vestido sencillo y una
cadenita con una cruz. Me pareció de una belleza casi sobrenatural.
Su
mirada y su sonrisa solo transmitían paz y felicidad.
Estaba
rodeada por un halo brillante y su rostro tenía una iluminación un poco más
marcada que la de su cuerpo.
Tan
absorto estaba en sus detalles que no había visto a mi abuelo.
Yo
había dejado de luchar por permanecer despierto, tal era la fascinación que
sentía y sinceramente me dejo de importar si estaba dormido o no, eso sí,
seguía sin poder moverme.
Entonces
miré a mi abuelo, la sorpresa fue tremenda, lucía bastante más joven y bello,
con la misma luminosidad de la mujer, con una sonrisa que trasmitía paz y
bienestar.
Los
dos se miraban, sin hablar, creo que se estaban comunicando, con una mirada de amor imposible de reproducir
con palabras. Yo me sentía casi como un intruso invadiendo su intimidad.
Justo
en el momento que pensaba en eso que era un intruso y debía abandonar la
habitación y dejarlos a solas, los dos al unísono, giraron sus miradas hacia mí.
La sensación que me invadió fue de un amor tal, que me es muy difícil ponerlo
en palabras, la paz y la armonía que me trasmitieron fue inconmensurable.
Sentí
en ese momento que ella sabía quién era yo, y yo, sabía quién era ella.
Tuve
el deseo irrefrenable de levantarme y abrazarlos a los dos, pero seguía sin
poder moverme.
Cerré
mis ojos y el sueño me invadió.
Alguien
sacudía mi hombro, era la mañana, era mi tía, que había llegado a reemplazarme.
Me
fui corriendo a trabajar, le di un beso en la frente a mi abuelo y otro a mi tía.
Era
mi día de clínica. Cercano el mediodía
me llamaron por teléfono a la administración, cuando vi el rostro de la
empleada administrativa que venía a avisarme, inmediatamente me di cuenta de lo
que sucedía.
Mi
abuelo había partido.
Lo
que sentí fue tan complejo, que me cuesta ponerlo en palabras. Pero había algo
que me daba paz y me impidió llorar.
Sabía
que mi abuelo, mi querido Nono, se había ido en paz y estaba con quien tenía
que estar……….
En memoria de “Don Humberto”, mi abuelo.










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