DE "EL REINO" Y LAS BANDERITAS.
Ese día Imhothep, se despertó muy temprano. No lo hacía desde su "auto exilio"en el oasis del oeste. Le dió un beso a su esposa dormida, y acarició su piel muy suavemente. Se sintió afortunado de tener a una mujer como ella a su lado, refinada y educada, pero con la simpleza, el humor y la sabiduría de las mujeres del desierto. Una perfecta combinación. Se sentía honrado y agradecido.
La lobita blanca, que había traído desde el ártico y todavía se preguntaba que hacía un animal como ese en el medio del desierto, abrió un ojo, y lo miró como diciendo "que hacés tan temprano", el movimiento de alegría de su cola y sus muestras de afecto le indicaron que había hecho bien, ella era feliz ahí.
Salió a la puerta de su tienda, todavía estaba fresco en el oasis, inspiró profundamente y dijo "voy a ir" . Se puso una túnica acorde a la ocasión y unas sandalias un poco mejores a las que usaba todos los días, las "de salir". Su sentido del deber y su curiosidad pudieron más que las ganas de quedarse junto a su esposa y su lobita.
Ensilló su camello y lo guió hasta el centro de su pequeña provincia (en ese entonces el reino estaba dividido en pequeñas provincias), fue hasta el lugar donde debían elegirse las banderitas para entregar al consejo de ancianos y que ellos decidieran el destino de la mitad de la corte del Faraón...según la cantidad de banderitas claro.
"Don Keops, Don Keops..... picarón, picarón" pensó para si mismo..".yo sabía, te conozco tanto"....."aquí está tu mano junto a la de Anubis". Entró a la tienda donde estaban las banderitas, y además de estar muy oscuro, literalmente, lo que le obligó a sacar el vidrio que obraba de lupa de su morral de cuero y mirar atentamente, tuvo que mirar varias veces para distinguir las oficiales del reino a la de los otros...los Hititas. Eran prácticamente iguales. Esto podría otorgarle cierta ventaja ante personas no demasiado atentas o desinteresadas. Otra jugada de las tantas que nos tenía acostumbrados el Faraón, siempre al borde de la ley.
"En fin" pensó el escriba. "No me sorprende". Eligió su banderita rápidamente y , luego de abrazar a varios amigos, todavía le quedaban muchos en el reino, deseándoles suerte, enfiló su dromedario hacia las afueras de la provincia. Le llevaría, eso si, a su esposa, unas hogazas calientes que iba a adquirir en un oasis que quedaba de paso al suyo, para el desayuno... a ella le encantaban.
El resto del papiro estaba ilegible, 3500 años AC no es poco tiempo.
Cualquier semejanza con la realidad es pura coincidencia...
Gracias por leerme.
Esteban

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